El Tiempo (Colombia), Carol Malver, 26.02.2022

Lea los escabrosos detalles de esta institución que rehabilitaba adictos a las drogas, entre otros.

Pasan los días y se siguen conociendo más detalles escabrosos de lo que pasaba en la sede del barrio Normandía de la IPS Resurgir a la Vida, la misma que fue intervenida por la Fiscalía y cuyas directivas hoy se encuentran en la cárcel

La casa de dos pisos está ubicada en el barrio Normandía, en el occidente de Bogotá. Para entrar era necesario cruzar varias rejas, y la puerta principal tenía muchos cerrojos. En el primer piso había una oficina, una sala, baños, una cocina y un patio con mallas eléctricas al que apenas llegaba la luz. En la segunda planta estaban ubicados los alojamientos. Nada más.

Allí llegaban personas con diferentes problemas: adicción, mal comportamiento, ludopatía, problemas alimentarios, ideación suicida, entre otros. Muchas veces eran llevadas obligadas y engañados por sus familiares, quienes luego tenían que pagar sumas mensuales desde 1’500.000 pesos.

La historia del lugar está anclada en los recuerdos de los pacientes. Diego* es uno de ellos. Ingresó el 20 de febrero de 2020 porque consumía marihuana y su familia vio en ese tratamiento una posibilidad de ayuda.

Las directivas se hacían llamar el Estado, y estaba conformado por el director, Jairo Masmela García, a cargo de la parte administrativa; su esposa, psicóloga y quien falleció hace unos meses, y dos facilitadores que también eran de la familia: Álvaro Azcárate, estudiante de fisioterapia de 21 años, y su padre, Tiberio Azcárate, profesional en ciencias del deporte. Todos, menos Jairo, vivían también en la casa, en un espacio en el que nadie podía entrar.

A ellos los apoyaban los llamados ‘hermanos mayores’, que eran alumnos antiguos que recibían órdenes de mantener la disciplina y a quienes había que hacerles caso con la amenaza de pagar consecuencias como la de saltar o hacer ‘chulos’. “Se trataba de hacer tandas de ejercicio de 100 o 200 repeticiones. Era muy doloroso. Recuerdo que al tiempo me decían que yo no servía para nada”, contó Diego.

Los pacientes, según su avance, transitaban por etapas llamadas grupo bajo, medio y alto. “A los recién llegados nos decían parásitos porque, según ellos, no servíamos para nada. Nunca nos hacían terapia”. Este joven vio cómo el director le pegó un puño a otro paciente y también narró qué pasaba cuando les hacían ‘zafarrancho’: tiraban todas las pertenencias de los jóvenes y las esculcaban. “Era tenaz porque encontraban cartas de personas pidiendo ayuda para que las sacaran de allí. Un día nos castigaron. Cogieron agua y nos mojaron. Duramos como tres horas aguantando frío. El agua cochina entraba por nuestras bocas”.

Acepto y modifico, era la frase obligada para todos los pacientes cuando cometían algún error. “No importaba si era algo injusto. Teníamos que decirlo así no estuviéramos de acuerdo. Una vez a un muchacho que se puso de peleón un facilitador lo golpeó hasta sangrar y lo amarraron a una cama. Al otro día parecía un muñeco roto. Era como nos enviaban mensajes”. Solo recibían puntos cuando cumplían con alguna tarea, pero muchas veces las actividades las tenían que hacer en pantaloneta, descalzos y aguantando frío. A Diego siempre lo llamaron el pálido, el retrasado mental, era la forma de humillarlo.

Para evitar que se escaparan les decían que atrás, por el patio, había empresas de seguridad que no dudarían en pegarles un tiro y matarlos o los asustaban con mandarlos al psiquiátrico. “Una vez le dijeron a la directora que yo me quería suicidar y ellos me llevaron al baño, me desnudaron, me dieron la vuelta y me ponían las cerdas de la escoba en mis partes íntimas. Fue muy humillante”, contó Diego quien salió de milagro 14 meses después. “Estaba tan achicopalado, tan triste, tan depresivo que ni siquiera lo disfruté”.

Ni las mujeres se salvaban de los malos tratos. Un paciente contó que vio cuando a una mujer la dejaron en ropa interior y la pasearon por toda la casa, las trataban de perras y sucias. A otro joven nacido en Estados Unidos, pero hijo de un egipcio, lo discriminaban. “Él era musulmán. Le decían que no había nada mejor que ser colombiano, y lo castigaban con ejercicios”.

*Andrea, otra paciente, ingresó a los 16 años por problemas derivados del consumo de droga. Ingresó a la IPS el 3 de diciembre de 2018 y tiempo después la trasladaron a una sede estaba en un pueblo del Tolima. El primer día le quitaron todas sus pertenencias. “También me bañaron delante de todo en mundo y me asignaron a una hermana mayor. Una vez asearon a una compañera con una escoba y jabón en polvo. Era humillante”.

Como castigo recordó ‘la briega’ que consistía en ejercicios extremos. “Una vez por no comer me tocó. Recuerdo a muchos compañeros a punto de desmayarse”. También recordó cuando a otra paciente la amarraron por tener conductas agresivas.

Otros de los castigos eran los plantones, la ‘ayuda del indigente’ o los baldados de agua. El primero consistía en estar parado frente a una pared con las manos atrás durante horas, a veces más de seis, el segundo era cuando les quitaban la cama, el colchón, la ropa, los cubiertos, todo y tenían que volver a ganar todo con buen comportamiento y el tercero era mojar una y otra vez a los pacientes mientras hacían ejercicio y hasta altas horas de la noche o primeras de la madrugada.

Andrea, como paciente que ascendió, recuerda que los enfermos mentales la pasaban muy mal. “Había una muchacha que era bipolar. Ella tomaba muchos medicamentos y se quedaba dormida. Le echaban agua con atomizador. Y otra le pegábamos mucho en las piernas, la vimos desnuda muchas veces, tenía implantes en las nalgas y por los golpes se le dañaron. A ella la doctora una vez la golpeó en la cara con un zapato y se la volvió nada”.

Andrea duró dos años en ese lugar. “Muchas veces quise irme, pero venía la presión de los que estaban en etapas superiores. Una vez me tiré de la cama para ver si me fracturaba y me mandaban a un hospital pero no lo logré”.

En otra ocasión la pusieron a bregar y aunque pidió permiso para ir al baño no la dejaron y terminó por orinarse. “Otra vez una ropa me quedó mal lavada, yo tenía el periodo, y la encontraron entonces hicieron asamblea y se la mostraron a todo el mundo. La pasé muy mal”.

Los padres de familia vivían sorprendidos de que no podían ir a visitar a sus hijos y de que cuando lo hacían, a pesar de que la casa estaba llena de personas, no se escuchaba ni un solo ruido. “Mi hijo entró a allá porque sufrió de bullying en un colegio y luego se volvió adicto a la marihuana. Luego quisimos que estudiara y no pudo por las malas compañías. Opté por esa IPS y solo en la entrada me gasté como 4 millones de pesos”, contó *Milena.

Esta madre de familia recordó que la tranquilizaban las cartas porque su hijo le contaba que estaba bien sin imaginar que siempre había estado vigilado. Por mucho tiempo no le permitieron llamadas ni visitas y cuando pedían información les decían que había involucionado en el tratamiento. “Me empecé a dar cuenta que el asunto era para sacar más plata”

Luego de reclamos e impedimentos para sacar al joven del lugar los padres de familia finalmente lo lograron. “Ese día le hicieron una despedida súper bonita, todos felices y cuando ya salimos y pudimos hablar con él se puso a llorar, estaba paniqueado, dijo que en un año y dos meses no le dio el sol. Tenía una depresión terrible. Nos contó todo lo que le pasó”. El joven les contó que lo bañaban con agua sucia y un cepillo. “Yo no llevé a mi hijo a que me lo maltrataran sino a que lo tratara psicológicamente. Le decían pordiosero, gamín, con groserías todo el tiempo. Él es moreno y salió blanco, un color pálido. Pagué para que tuvieran a mi hijo en una cárcel”.

Y los testimonios son muchos más. Sofía ya había estado interna en otras fundaciones, pero lo que vivió en la IPS, dice, es indescriptible. Vio cuando a otro estudiante que se reveló, Álvaro lo cogió a puños y patadas contra la pared. “Otra noche le embutieron comida hasta totearlo. Nadie pudo hacer nada. Y cuando nos ponían a hacer ejercicio era hasta el desmayo”.

Durante la pandemia los jóvenes cuentan que no hubo protocolos de bioseguridad y que, incluso algunos internos estuvieron aislados por una enfermedad en la piel. “Ellos nos decían que era varicela y los medicaban, pero nunca fue un médico”. Sofía también fue testigo de los extraños baños. “A una chica la asearon con una escoba y clorox. Allá querían que uno se estallara emocionalmente”.

Muchas jóvenes víctimas de este maltrato terminaban odiando a sus familias. “Había un chico que decía que cuando saliera iba a matar a la familia. Le sembraban mucha rabia a la gente”.

Las anécdotas de los malos tratos son incontables y la vez pasa algo extraño. Los jóvenes eran trabajados, psicológicamente de tal forma que algunos salieron del supuesto tratamiento pensando que les habían hecho un bien y manteniendo una extraña lealtad ante las directivas del lugar.

Cuatro de los procesados recibieron medida de aseguramiento privativa de la libertad en centro carcelario. Estos son: Jairo Masmela García, representante legal y director de la IPS; Tiberio y Álvaro Azcárate; y Leonardo Casas. Paula Catalina Betancur Rengifo, seguirá vinculada a la investigación por ser sindicada por varios pacientes de malos tratos y humillaciones.