El País (Uruguay), Sergio Cabrera, 17.12.2022

Se acuerda el texto de memoria. Pasaron muchos años pero Daniella Scuadroni cierra los ojos y dice: “En presencia de mi alma inmortal y la de mis compañeros en la búsqueda de la sabiduría, me comprometo a servir con lealtad y eficacia y, si así no lo hiciera, que el destino, los dioses y mi mando nacional me lo reprochen”.

Eso dijo en su compromiso de lealtad, cuando fue admitida como parte de las Fuerzas Vivas de Nueva Acrópolis, una organización que se presenta como cultural y filosófica, pero que es señalada por especialistas y exmiembros como una secta. No solo acá: fue fundada en 1957 por el argentino Jorge Ángel Livraga y su esposa Ada Albrecht y, esparcida por todo el mundo, está presente en 54 países. En Uruguay tiene dos sedes, una en Pocitos, otra en Colonia.

Daniella entró a los 14 años tras una conferencia sobre alquimia pero recién a los 18 pasó a integrar las Fuerzas Vivas. Ese día vestía un uniforme azul y un llamativo brazalete, igual que todas las personas que la rodeaban. Estaba de rodillas frente a un estandarte con un águila y con la mano derecha levantada.

Fue acropolitana, como le llaman a los integrantes de esa organización, por 11 años. Salió en 2014 pero le llevó un buen tiempo procesar todo lo que le había pasado. Hoy, con 33 años, recuerda:

—Yo no planeaba irme jamás. Era mejor morirme antes que dejar Nueva Acrópolis, me decían que iba a cambiar el mundo. No era Daniella, yo era acropolitana.

El Diccionario Enciclopédico de las Sectas, escrito por el fallecido sacerdote español Manuel Guerra y quizás la obra más completa que existe del tema en castellano, define a Nueva Acrópolis como una “secta esotérica, neopagana y paramilitar, de impronta teosófica”.

La fachada, explican allí, es la realización de cursos de temas variados, como filosofía, artes marciales y voluntariado. Son “anzuelos”, al decir de Guerra. Pero con el tiempo algunos son animados a integrarse a una estructura escondida de una organización que busca crear un “mundo nuevo y mejor”, con sus Fuerzas Vivas (que incluyen las brigadas masculinas o de trabajo, las femeninas, así como al cuerpo de seguridad). También hay un grupo selecto de dirigentes a los que se les llama hachados, que tienen un compromiso mayor.

Para entrar hay que pagar un “diezmo”, que varía entre 1.200 y 1.700 pesos mensuales según el lugar que ocupe la persona, además de donaciones específicas y la obligación de trabajar un mínimo de tres o cuatro horas diarias. La mayoría lo hace a partir de la tardecita, luego que sale de su trabajo o estudios. Hoy son 112 miembros.

Así visten los miembros de las brigadas

En las actividades internas los miembros de las brigadas masculinas o de trabajo —que se encargan de reparar cosas, entre otras tareas— visten de camisa y corbata marrón claro, zapatos y pantalón negro. Hacen desfiles y ejercicios de control mental y de defensa personal. Llevan un brazalete naranja. Las integrantes de las brigadas femeninas, pollera azul y blusa blanca. El brazalete es azul oscuro. Ellas se ocupan sobre todo de lo social y mantener “la belleza” de los lugares.

El distintivo de los “hachados”, que tienen un nivel superior, es un hacha. Visten pantalón, camisa y corbata negra. Ellos usan un prendedor con forma de hacha, al que le van enredando cadenitas de oro a medida que suben de grado.

Los integrantes del cuerpo de seguridad, en tanto, pueden llevar armas, según el Diccionario Enciclopédico de las Sectas. En Uruguay en algún caso muy específico lo hacen, según supo El País. El uniforme de los miembros del cuerpo de seguridad, dice ese libro escrito por el sacerdote español Manuel Guerra, coincide con el de las SS nazis. Ellos llevan un brazalete rojo con una S y una flecha. El cargo de jefe de inteligencia puede ser conocido, pero sus actividades deben ser secretas, así como sus contactos.

Luis Santamaría, experto español en sectas, responde a El País desde la ciudad de Zamora y relata que Nueva Acrópolis tiene “una apariencia externa de asociación cultural” y “una realidad interna de grupo iniciático de doctrinas ocultas”.

—¿Por qué es una secta?

—Es un grupo que tiene una doble realidad —dice este investigador de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas—. La interna es una escuela esotérica para ir enseñando a los adeptos sucesivos misterios. Esta es una característica propia de las sectas: los procedimientos de captación con ese engaño y las técnicas de persuasión. Lo mismo la progresiva ruptura con las relaciones sociales anteriores, algo que en una organización cultural no debería pasar. Y entonces la persona ve difícil salir o ni siquiera se plantea la salida porque el mundo exterior es malo.

—¿Qué buscan los líderes?

—Son los elegidos. Están convencidos de esa verdad, muy elitista, destinada a muy pocas personas. Quieren llegar a un sistema social y político acropolitano en todo el mundo, con resonancias de la Grecia y la Roma de la Antigüedad clásica.

Al no haber, salvo casos puntuales, denuncias de abusos sexuales ni problemas de dinero, es complicado encontrar un delito concreto, explica Santamaría, y dice que la manipulación psicológica o persuasión coercitiva “es complicada de demostrar” y “vergonzante para quien pasó por la experiencia”.

Los secretos

“Invoco a los Dioses Inmortales para que os den a todos la Luz y la capacidad de trabajo indispensables para recorrer el camino escarpado que lleva de la Tierra al Cielo”, dice el Manual del Dirigente, escrito por Jorge Ángel Livraga en 1976. En otra parte menciona que hay tres símbolos fundamentales: el águila, el fuego y el hacha. Pero esos símbolos no los ven quienes van a las charlas de filosofía.

En el Diccionario Enciclopédico de las Sectas, Guerra afirma que cuando los acropolitanos niegan algo de su estructura interna que se les imputa, según ellos no mienten, pues “se limitan a defender uno de sus fundamentos, el de guardar el secreto para evitar compartirlo con los no preparados para ello o con quienes lo pueden mancillar”. Lo interno, lo esotérico, está reservado para “la sabiduría de los elegidos”.

Lo que sí puede comunicarse a todos, “lo exotérico”, es “como la máscara con la que hay que presentarse ante los no iniciados”. Revelar un secreto acropolitano es “catalogado como una traición”.

No es una religión, pero se le parece. Uno de los secretos es que los acropolitanos creen que la vida está marcada por “elementales de la naturaleza”. ¿Qué son? Los elementales del fuego son las salamandras; los del aire, los sílfides y los elfos; del agua, ninfas; los de la tierra, los gnomos. También creen en la aparición de una nueva raza, que le llaman la “sexta subraza”, dotada del “sentido de la clarividencia o percepción de lo invisible e inalcanzable para los sentidos”. Y dicen que en un momento el planeta iniciará un “prolongado proceso de desintegración”.

Guerra habla de una secta “paramilitar de signo neofascista”. De hecho, un informe de 1985 del Parlamento Europeo sobre fascismo y nazismo menciona a Nueva Acrópolis. Hay algunos elementos que explican esta definición. El saludo oficial acropolitano, “en privado, nunca en público”, es el brazo en alto con la palma de la mano extendida hacia abajo, dedos juntos y en un ángulo de 45 grados respecto al cuerpo. El águila de alas desplegadas en posición ascendente es similar al águila nazi, dice Guerra. Y los entrenamientos, ya veremos, son muy duros.

Entre las obligaciones de los acropolitanos figura “estar siempre disponible para la tarea que se les encomiende”, ser moderados en el alcohol (“ten la elegancia de no caer en la beodez, que estupidiza a las gentes”), en fumar y en la sexualidad (la castidad es un ideal aconsejable y en un texto del fundador se aconseja “no entregarse al desenfreno”). Está recomendado el vegetarianismo, alejarse de la política (“las posiciones políticas actuales están vacías de contenido espiritual”), apartarse “de las drogas, de los homosexuales y de los ladrones”, tener poca relación con gente de afuera, dedicarse a la captación de simpatizantes, dar conferencias y organizar seminarios de distintos temas, desde arqueología y esoterismo, a la India, Platón y los misterios del Tíbet. Es obligatorio hacer un curso de oratoria y pegar carteles de difusión por toda la ciudad.

¿Y qué dicen desde Nueva Acrópolis? En la página web se afirma que los principios son los de fraternidad, conocimiento y desarrollo del ser humano. Su directora es Gabriella Feola, una química de 66 años que ocupó cargos en la Intendencia de Montevideo (IMM) en la década pasada, fue directora de Unidad de Resiliencia y del Servicio de Evaluación de la Calidad y Control Ambiental. Conoció Nueva Acrópolis en 1994 por un compañero de trabajo en la IMM, que la invitó a participar. Y niega toda acusación de secta. “No tenemos nada que esconder”, dice y se ríe cuando responde vía telefónica a El País.

La versión que da Nueva Acrópolis la contaremos al final de este artículo. Antes de eso, para entender mejor las denuncias es imprescindible conocer los testimonios de los que estuvieron adentro y salieron.

El comandante y el guardián de los sellos

El escalafón acropolitano tiene diversos peldaños. Arriba de todo está el comandante supremo mundial (que hoy es el español Carlos Adelantado), luego el continental y nacional. Lleva un hacha de oro macizo con “una esmeralda multifacética incrustada en un lado de la cabeza del hacha”. Luego viene el guardián de los sellos o subdirector general, que porta un hacha con cabeza de hierro donde figuran “dos manos doradas guardando una llama”.

En el otro extremo, el primer paso es el “probacionismo”, donde la persona está a prueba y recibe lecciones de filosofía, sociopolítica, la reencarnación de las almas, el budismo, Plotino, el Nuevo Medioevo “que acabará con la democracia” y el bienestar occidental, ente otros temas.

Las historias

Martín entró de adolescente y se encontró con un mundo agradable, con caras felices, donde prestaban atención a todo lo que decía, aunque ya al principio le sorprendió que en los cursos de filosofía se hablara de temas esotéricos sin dar espacio al debate.

—Años después me enteraría que ellos hasta tienen una secretaría de integración que se dedica a analizar a las personas y ver qué actividades pueden proponer en base a la personalidad, para engancharlos —cuenta este exacropolitano, en entrevista con El País en un bar del Centro de Montevideo, y pide no ser identificado con su nombre real: tiene miedo a las represalias—. Vos estás muy desprotegido ante esa estructura, hay un fuerte mecanismo de manipulación.

Él aprendió que era más importante ir a Nueva Acrópolis que pasar tiempo con sus amigos y familiares y lo educaron en que lo correcto es que “un ser evolucionado” haga cosas que no quiere hacer “en pos del bien común”. Aunque en esa época se sentía bien y apoyado, en una transición muy sutil le empezaban a inculcar ideas como que la duda era negativa, propia de “kama-manas”, la mente egoísta. También aprendió “la ideología de la obediencia”.

—El que sabe, sabe, y no lo cuestiono.

Unos años después le dijeron que Jorge Ángel Livraga es un “ser semidivino, uno de esos personajes que, a través de su desarrollo espiritual, captaron las verdades eternas”. Y que los que lo siguen también son seres especiales. Que el mundo está “en una corrupción brutal” y que tendría que ser “como ahí adentro”, como en Nueva Acrópolis.

—Ellos creen que estamos en la Edad Media, que va a colapsar la civilización y que solo va a sobrevivir Nueva Acrópolis.

No fue de un día para el otro pero llegó un momento en el cual solo se relacionaba con gente de la organización, se radicalizó y miraba “torcido” a los de afuera:

—El problema es que las cosas más oscuras te las introducen cuatro años después, cuando rompiste los vínculos con todo el mundo y tu vida está metida ahí.

—¿Qué es lo más oscuro?

—Entraste por la filosofía y la apertura mental y al final te hablan de obediencia. Y yo lo tengo que aceptar. Porque el costo para irme es demasiado grande. Y es paulatino el proceso por el cual te van coartando la racionalidad y donde te dejan claro que cuestionar algo es estar en falta. Y después leés los textos del fundador, que tenía admiración por Hitler, Franco y Mussolini, ¿cómo puede ser que tantos años después yo me entero lo que piensa de la vida?

La invitación a pertenecer al círculo interno, las Fuerzas Vivas, fue un proceso largo que terminó en las llamadas “pruebas de campo”, que en algunos casos (no todos) pueden ser traumatizantes. En Uruguay se realizan en la “villa romana”, una casa de campo en Pirarajá, Lavalleja.

El viaje es en estricto silencio sin saber a dónde van, al llegar se leen escritos del fundador y luego les vendan los ojos. Entre otras pruebas donde los aspirantes están desnudos, los hacen agarrase de una cuerda que significa “el camino de los maestros, o sea Nueva Acrópolis” y los tiran para un lado y para el otro; los entierran un rato en un pozo con un centímetro de tierra arriba de la cabeza hasta que suena un cuerno; los llevan a un lago y les meten la cabeza en el agua; los hacen subir a un lugar y saltar al vacío sin saber dónde termina, hasta caer al agua. Y todo así.

—Lo más humillante es que yo lo acepté —dice, resignado.

Al final, cuando ya era un miembro de las Fuerzas Vivas, estuvo dos horas sentado mirando el brazalete y entró a una sala donde todos están formados y hay que hacer el famoso compromiso. Luego le pidieron no traicionar “al ideal y los maestros” y le dieron una simbólica cachetada.

—Te educan en ese terror. Juegan con el caramelo y el palo, pero cada vez hay menos caramelo y más palo. Y en un momento es todo palo: cada vez que hacés algo que a la secta no le conviene, sos un egoísta que no piensa en los demás —relata Martín—. Yo me acuerdo perfecto del momento exacto en el que por primera vez pensé en irme y me aterré de mi propio pensamiento.

Y, cuando al final se fue, empezó un “martirio” personal para poder seguir adelante, lloraba todas las noches y tuvo que ser asesorado por un psicólogo.

La historia de Ana, de 35 años y cuyo nombre también fue cambiado para preservar su identidad, es bastante similar, pero ocurrió en España. Entró por una conferencia de un psiquiatra y estuvo 10 años. Salió hace seis. Cuenta su historia a El País mientras viaja en el metro:

—Yo estaba muy fanatizada. Iba todos los días, de lunes a domingo. Había dejado amigas, familia y estudio. Solo pensaba en la secta. Todo mi tiempo por fuera del trabajo lo dedicaba a eso.

Hizo de todo, desde limpiar la sede, “llevar” la página web y hacer las relaciones públicas. Luego dio clases y ahí tuvo los primeros problemas por choques con sus maestros.

—Porque al principio estás como en un sueño y piensas que eres la elegida para salvar al mundo —explica—. Acabas creyendo que el líder Jorge Ángel Livraga es un enviado de unos seres espirituales, que se llama la jerarquía blanca. Pero tú entraste allí a otra cosa y terminas así, entonces es una secta al 100 por 100. Hay mucha coerción psicológica.

Su experiencia en las pruebas de campo fue igual o más complicada que la de Martín. Relata que le pegaron y le hicieron darle cachetadas a una compañera (“y si ibas flojo, te gritaban que fuera fuerte”), pero no podía expresar dolor. Lo peor, dice, fue cuando en invierno la llevaron a la montaña, le taparon los ojos, la desnudaron y la metieron en un río con agua congelada.

—¿Con qué objetivo?

—No nos lo decían. Tú solo tenías que obedecer. Luego me enteré que era para controlar las emociones.

Cuando se fue, le dijeron que se le “apagaba el alma”, que su alma “estaba oscura”. Tuvo que rehacer su vida: estaba sola y tenía 29 años. “Es difícil, porque sales pensando en que el mundo es malo”, dice, “me costó volver a confiar”.

Volvemos a Montevideo. En su casa de la Ciudad Vieja, acompañada por su novio y sus tres gatos, Daniella recuerda que intentó captar a todos sus amigos.

—Por suerte no lo logré. Los invité a conferencias y recitales. Iban para bancarme pero no se quedaban porque no les interesaba -se ríe-. Pero en Nueva Acrópolis me empezaron a hablar mal de ellos, me decían que eran todos raros, que me pasaba saliendo… Me consideran casi como traidora por tener amigos afuera.

Dice que también se metían con lo estético y le pedían que no vistiera en forma desprolija, que fuera más femenina y elegante, sin “mostrar de más, sin ser sexy”.

Y resume:

—Todo el tiempo presionaban por todo, por cómo te vestías, por lo que hacías, lo que hablabas.

Pero ella tomaba “las presiones” como pruebas. Años después de su salida de Nueva Acrópolis —que se aceleró luego que alguien subió a Facebook fotos de ella tomando alcohol en un campamento y disfrazada de vampiros con sus amigos, y donde también incidió una fuerte depresión que sufrió— hizo pública su mala experiencia mediante diferentes videos en redes sociales. Tanto que se transformó en una referente del tema y en el último año le escribieron decenas de personas desde todas partes del mundo.
Su salida, dice, fue “un cimbronazo de libertad”. Hoy vive de dar clases como entrenadora personal.

Bombardeo de amor

Jueves, después de la ocho de la noche. En la recepción de la sede hay gente que entra y sale, algunos que vienen a cursos, otros que son miembros de las Fuerzas Vivas y dedican buena parte de su vida a la organización. En la vuelta está Angkor, un juguetón perro labrador que los acropolitanos rescataron de la calle, según cuentan.

Ellos sonríen amables, edulcorados. En la casa de Franzini y Scosería todo está ordenado y pulcro.

En una pared se levanta la enorme biblioteca Plotino (por el filósofo neoplatónico) clasificada según distintas categorías, como textos sagrados, filosofía china y esoterismo. Una acropolitana arregla unas flores y entonces aparece —también sonriente, claro— Feola, la directora, acompañada por Mauricio Puente, quien es director del centro de Pocitos.

Él viste una remera negra con el logo de Nueva Acrópolis. Ella una blusa colorida y lleva un colgante con una pequeña hacha. También un ankh o llave de la vida y un escarabajo, dos símbolos egipcios. Su sonrisa transmite paz aunque su rostro irá cambiando durante la charla. Pero al principio no: siempre que hay un visitante nuevo, corresponde lo que llaman “bombardeo de amor”.

—Voy a poner a grabar —dice Feola y pone su celular arriba de la mesa.

—Hay denuncias de que Nueva Acrópolis es una secta.

—Que nosotros tengamos conocimiento —responde Puente—, hay un blog donde hablan cinco personas con nombre y apellido que dicen eso.

—Siempre hay gente disconforme —agrega Feola—. A veces no nos comprenden, o no encontraron lo que buscaron y se frustraron.

—Pero hay cosas que se repiten en los testimonios: que hay una fachada de cursos y que luego se intenta captar para integrarlos a las Fuerzas Vivas.

—Primero, no captamos a nadie —dice la directora—. Y no tenemos nada que ver con sectas: el que se quiere ir, se va. Y el que vuelve, vuelve.

—Está claro que es libre pero ellos dicen que hay un momento en el que la decisión de irse causa terror.

—Ay, esa es una visión sumamente subjetiva. Ya sé de dónde viene. No es así —responde Feola—. La gente se compromete a venir. No avasallamos ni intentamos que se separen de sus familiares.

—Pero en un texto de Livraga se pide: “Empieza a romper cadenas inútiles con amigos y amigas que no participan de tu ideal a pesar de conocerlo, y con toda persona, sea quien sea, que se oponga a tu actual visión espiritual, pues el mantener esas relaciones viejas te hará daño a ti y a esas personas, que aún no han despertado como filósofos; que se avergonzarían de ti o se burlarían de lo que tienes de más sagrado: tu ideal acropolitano”.

—Eso no es actual —responde ella—. La institución se adapta a los tiempos.

—Pero lo escribió el fundador.

—Bueno, el fundador en un momento histórico. Hay cosas obsoletas totalmente.

—Es como que yo saque un artículo del año 70 de El País.

—Son cosas distintas. El Diccionario Enciclopédico de Sectas, de Manuel Guerra, define a Nueva Acrópolis como una “secta esotérica, neopagana y paramilitar”.

Se ríen.

—Neopagana, paramilitar, nazi —dice Puente—. Ya que sos periodista de investigación: el que escribió eso es sacerdote, tiene su sesgo. También consideran a la masonería como una secta.

Sobre las duras pruebas de ingreso, ambos le quitan trascendencia y dicen que son “símbolos y ceremonias”, similares al bautismo de la Iglesia Católica.

—No se desnuda a la persona ni se la mete adentro de un pozo —dice Puente.

—Ni maltratamos —agrega Feola.

—Parece bastante loco.

—Fuera de contexto no se entiende.

—Sabri —le hablan a una chica en la recepción—, ¿fue traumática para ti la prueba de tierra, agua, aire y fuego?

—No, para nada. La recuerdo con cariño. Somos todos grandes —dice ella.

Termina la charla y ambos ofrecen una visita por la casa de dos plantas. En el piso de arriba hay tres aulas y en una pared un cuadro del fundador, Jorge Ángel Livraga. Abajo, una cafetería, una sala con cuatro personas encargadas de las redes y otro espacio que funciona como sala de conferencias y lugar para artes marciales.

La recorrida termina pero falta algo.

—¿Puedo ver el templo?

—No, eso es reservado —responden—. Ahí están nuestros símbolos.

Ya no hay sonrisas amables.

Los textos del fundador

Jorge Ángel Livraga, fundador de Nueva Acrópolis, dice en el Manual del Dirigente, al que accedió El País: “Hay que cuidar que los lazos con los disidentes no se mantengan por motivos sentimentales, porque si, estando al interior, han faltado a sus obligaciones, es fácil deducir que no entienden ni aman Nueva Acrópolis. Guardarlos con imágenes positivas y amigables es una invitación para que otros sigan sus huellas”. Es un claro mensaje de cortar lazos, pero desde Nueva Acrópolis las autoridades niegan que ese texto exista. En uno de sus bastiones (textos), Livraga dice: “El sistema piramidal no constituye una opción. El juicio de autoridad no puede ser discutido”. Sobre tener hijos: “A un par de excelentes acropolitanos les pueden nacer hijos que luego se dediquen a las drogas, a la violencia, a cazar fortunas con sus sexos, o a… combatir a los acropolitanos. De tal suerte, el Hachado no ha de sacrificar su vida para engendrar posibles enemigos”.