El Mundo (España), Laura Moreno y Carlos García-Pozo, 11.09.2026
Del aprovisionamiento de papel higiénico por el Covid a las tácticas en el monte para toda la familia: la policrisis ha disparado el interés por la autosuficiencia extrema en un lustro. Los preparacionistas en España ya son miles. Así se equipan y adiestran para afrontar cualquier emergencia en nuestro país.
Son tiempos difíciles. España vive en estado de emergencia nacional y la sociedad se enfrenta al caos y el desgobierno. La culpa tal vez la tiene un nuevo agente biológico que se ha escapado de un laboratorio o una manifestación que se ha descontrolado lo suficiente para acabar provocando una revuelta popular. También puede tratarse de un enjambre sísmico, el ataque de una potencia extranjera o la temida y cacareada Tercera Guerra Mundial. Los escenarios son casi infinitos. Todos plausibles. Todos catastróficos. ¿Todos?Para un grupo de personas, no.
Las legiones romanas tenían un dicho: Si vis pacem, para bellum («Si quieres la paz, prepárate para la guerra»). Éste es precisamente el lema vital de los preparacionistas, una comunidad cada vez más consolidada en España y cuyos miembros saben cómo actuar en diferentes situaciones críticas, conocen al dedillo técnicas de supervivencia (para el campo o la ciudad) y disponen de un espacio seguro en el que almacenan, almacenan y almacenan material para -en caso de- no depender de nadie. «Cada uno, según su mentalidad y su miedo, se prepara para un escenario u otro», confiesa Patricio Villaescusa, prepper y propietario de un búnker, en nombre de un colectivo previsor por naturaleza.
Villaescusa no entiende el preparacionismo como una corriente de moda. Al contrario. Alega que lo que hace «es de sentido común», una réplica de lo que hacían nuestros padres y abuelos en tiempos incluso más duros que los actuales. «Soy instructor de tecnología primitiva y enseño a hacer lo de toda la vida», explica. Sus habilidades le permiten desde elaborar conservas y ungüentos para heridas hasta hacer fuego con ramas. No es, ni mucho menos, el único al que le ha dado por ahí. De hecho, se estima que la mayor asociación de preppers de España ya tiene más de 17.000 integrantes, según el Colegio de Entrenadores en Defensa Personal. En realidad, se trata de una gota en el océano. En todo el mundo podría haber ya de más de 20 millones de preppers, con Estados Unidos a la cabeza. Fue allí donde surgió la versión moderna del preparacionismo a mediados del siglo XX, en el momento de mayor tensión de la Guerra Fría contra la Unión Soviética. El temor a un apocalipsis atómico provocado por los rusos llevó a miles de ciudadanos a construir refugios subterráneos y acumular en ellos suministros esenciales y bienes no perecederos.
Hoy, revitalizado por la pandemia, espoleado por las condiciones globales de inestabilidad que azotan el planeta en los últimos años y por la bandada de cisnes negros que han revoloteado por la Península Ibérica en este lustro -desde la Dana al apagón- , está ganando simpatizantes a chorro. Pese a las miradas de estupefacción. «La población aquí en España vive sin preocupación ninguna. Hemos pasado lo que hemos pasado, la gente se asustó, salió en manada a comprar papel higiénico y después de tres años han vuelto a lo de antes», reflexiona el instructor. Para él, la hecatombe más hipotética está relacionada con el colapso económico, aunque no descarta la anarquía social. «En cambio, yo veo muy plausible que haya otro virus mucho más agresivo y que dure más tiempo, o incluso un desastre en la economía», señala Jorge Miñano, otro prepper.
Pese a su popularización, la Real Academia Española todavía no reconoce el término, y eso que la cultura de la contingencia existe desde hace ya un siglo. Los primitivos preparacionistas surgieron azuzados por el miedo. Los partidarios de la autosuficiencia extrema orientaron sus esfuerzos a amenazas basadas en el contexto socioeconómico y tecnológico de su época. La escasez de recursos provocada por la Primera Guerra Mundial (1914-1918), el colapso de los servicios sanitarios asociado al brote de la mal llamada gripe española (1918) y el pánico al desempleo masivo, las hambrunas urbanas y la devaluación del dinero en papel que trajo la Gran Depresión (1929) actuaron entonces como desencadenantes.
Villaescusa admite que no todos los escenarios presentan la misma tasa de letalidad, pero sí que demuestran la vulnerabilidad colectiva ante ellos. «La sociedad en sí no es tan fuerte psicológica y físicamente hablando como hace unos años. Cuando llega una catástrofe somos muy blandos», denuncia.
Aquí es donde entra José Luis Presa de Santos, con su aura de tipo duro, su barba larga y frondosa y su decena de cuchillos reglamentarios. «Nunca salgo de casa sin mi mochila», cuenta, animado, mientras enseña sus armas importadas desde Ucrania. Su mochila es más bien un macuto con todo tipo de reservas. Desde cuatro botellas de agua, hasta baterías y -de nuevo- algún arma para usar en caso de emergencia. Y ésta es la que tiene a mano a diario, porque en su casa tiene otras. Pero, ¿quién es José Luis Presa? Su currículo se lee rápido: antes se dedicó a la seguridad privada en el extranjero y participó en conflictos armados; ahora es algo así como el preparacionista prémium. Un Arnold Schwarzenegger hispánico al que recurren los más interesados en mejorar sus aptitudes para la supervivencia.
Acudir a él cuesta literalmente más de una hora y media de trayecto en coche desde la capital española en dirección al bosque. Derecha, izquierda, de frente y… campo a través, según las coordenadas que él mismo facilita. Unos pocos pasos más adelante ya se ve una calavera de cabra sobre la tienda de campaña principal, la de briefing. Frente a ella aparece otra, en la que vivió solo más de siete meses, o la de entrenamiento (provista con armas Airsoft). Todas con su decoración especial: de cráneos de animales a la bandera nacional.
Presa se presenta con su todoterreno a lo Mad Max, sus trajes de camuflaje, su mochila -por supuesto- y sus ganas de mostrar la sede de operaciones de 3KR Group, la veterana organización especializada en el entrenamiento para la supervivencia extrema, de la que es instructor y director. «La sociedad de hoy quiere ser John Rambo sin pasar las penurias de John Rambo. Eso no funciona. Entonces sólo eres un John Rambo de Instagram», tercia.
Presa es uno de los mayores expertos españoles en preparacionismo y bushcraft, aunque él prefiere el término survivalismo. Y no, no son sinónimos. «La diferencia está en la militaridad del tema. Los survivalistas se basan en combate, en pequeñas unidades de control. No es igual ser un prepper de libro -el que acumula latas y tiene una granja- que tener un grupo de cinco tíos que saben atacar ese sitio y quedárselo», señala. Eso es lo que imparte en su campamento, porque la preparación, explica, es igual de importante que el acopio ingente de agua o papel higiénico. Él, además, se opone al preparacionismo que trata de vender que el fin del mundo está cerca. A eso y a los búnkeres millonarios como forma de afrontar una catástrofe. «La gente vende miedo, pero el Apocalipsis no llega de golpe», confirma. «El colapso es lo que estamos viviendo hoy en día en Europa. Todo comienza con la inseguridad, la pérdida de valor adquisitivo. Luego va la pérdida de confianza en todas las instituciones políticas y la degradación de infraestructuras», enumera.
Presa habla y enseña su campamento a la vez. Recuerda el principal consejo para cualquier aspirante a preparacionista: «Si te mueres, no puedes ayudar a los tuyos; la base es la autoprotección». Tiene sugerencias para dar y repartir, así como un inacabable diccionario con entradas relacionadas con este estilo de vida. Como el protocolo NBQR, que se usa para referirse a accidentes nucleares, biológicos o radiológicos. O La regla del tres: «No puedes estar tres segundos con una bala en la cabeza, tres minutos sin respirar, tres días sin beber agua y tres semanas sin comer». Pero, sobre todo, incide en el error que más comete quien se inicia en el mundillo. «El problema es que la gente no ve sus fallos. Yo los llamo eusebios. El típico que tiene una escopeta de 1.000 cartuchos y está deseando liarse a tiros sin entrenar… Ese tío es un peligro real». Términos hasta ahora desconocidos están dejando de serlo. «Está habiendo un bum de gente que se prepara. Es por el miedo», admite el prepper Miñano.
La línea entre previsor y preparacionista se va desdibujando. La imagen de un tipo rudo parapetado en un búnker esperando que una catástrofe sin precedentes azote el planeta ya no es el retrato robot estándar. El preparacionista de 2026 no tiene género ni edad. «Una niña de nueve años vino al campamento con su familia y completaba los ejercicios mejor que su padre», aclara Presa. Miñano, por su parte, explica que hace años esta figura estaba mucho más definida. «Se trataba de militares y gente que venía del Ejército. Ahora hay de todo: amas de casa, cocineros, taxistas… Gente de 30 años, de 60, universitarios…», comenta.
En definitiva, que el perfil de mercenario hipermusculoso con una ametralladora a cuestas hay que dejarlo para el cine bélico ochentero. «Hablamos de personas que tienen familia y quieren tener nociones sobre seguridad por si ocurre algo», confirma Adrián De la Cruz. Fue Policía nacional durante 10 años y ahora se dedica a enseñar técnicas y vender material de supervivencia. Aclara cuál es el dilema principal a la hora de lidiar con una emergencia nacional. Él, que vive solo en una casa-refugio que podría soportar un «apocalipsis zombi», lo sabe mejor que nadie. «Realmente sólo hay dos maneras de actuar. Una es quedarte en casa y la otra es evacuar», resume.
Para poder llevar a cabo un buen plan de emergencia, insiste, la clave está en haber hablado previamente con la familia. Lo que en el mundillo se conoce como PFE: Plan Familiar de Emergencia. «Tener un punto de encuentro, por ejemplo. Porque almacenar objetos es importante, pero también lo es el saber cómo actuar», remarca. De nuevo, ¿qué se debe hacer en caso de emergencia? El primer paso, por supuesto, es planificar. Un buen refugio o mochila siempre debe incluir agua. «Vivimos como si todo fuera ilimitado, como si abrir el grifo significara que el agua es infinita. La realidad es que es el producto que más escasea», completa el instructor. También son necesarios los alimentos no perecederos, así como una tienda de campaña, un hornillo de gas, linternas, velas, brújula, mechero… Nos hacemos a la idea. Todo este pack conforma lo que se denomina mochila de las 72 horas, destinada a asegurar la supervivencia durante ese periodo de tiempo.
Miñano, además, alude a la importancia de unirse a otras comunidades para cooperar: «Cada uno debe asumir un rol distinto. No sobrevive el que está solo», recuerda. Y tampoco lo hace el que tiene una salud mental fácilmente vulnerable. «Al final, la supervivencia es totalmente Psicología. Es querer sobrevivir». Porque el 80% de probabilidades de conseguirlo, señala Villaescusa, está en la cabeza de uno mismo ante situaciones de peligro. Y esa mentalidad es un músculo que se debe entrenar. El 3KR, grupo de Presa, lo tiene claro: «Saber hacer un torniquete en 20 segundos mientras te gritan y te pegan puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte».
La mochila preparada, el Plan de Contingencia listo… Faltaría un solo flanco por cubrir. ¿Qué pasa con los organismos del Estado? Villaescusa deja caer que los cuerpos de emergencias «no tienen la obligación de salvar a nadie». «Ya se comprobó en otras crisis de España:el que tiene la obligación de salvarse es uno mismo. Mejor estar preparado», se reafirma. Lo mismo opina Presa: «En España estamos solos. Mi supervivencia depende de mí al completo. Porque somos muchos y la mentalidad del 90% de la Policía es la de un funcionario: ellos no se van a manchar las manos».
Si vis pacem, para bellum. Los preparacionistas, esos que trazan planes de repuesto para los planes de repuesto, siguen la frase a rajatabla. Porque cuando la vida está en juego, sobrevivir es la única opción. ¿Que cómo se puede escapar del fin del mundo? Entrenando, planificando, almacenando. Preparándose, en definitiva. Presa lo sintetiza gráficamente: «Solo se consigue pasándolo mal por el camino. No hay más cojones. Es así».





