El Periódico (España), Marc Darriba, 10.08.2026
Perlado explica por qué estos acontecimientos conectan con la necesidad humana de sentido, comunidad y trascendencia, pero también advierte de la importancia de vivirlos sin perder criterio propio.
El 12 de agosto de 2026 España será uno de los territorios desde los que podrá observarse un eclipse total de sol, un fenómeno astronómico excepcional que reunirá a miles de personas en espacios públicos y zonas de observación. Más allá de su interés científico, plantea una pregunta menos evidente: por qué mirar juntos un fenómeno natural puede generar comunidad, pertenencia y conexión emocional.
Para el psicólogo clínico y forense Miguel Perlado, miembro del grupo de derivas sectarias del Col·legi Oficial de Psicología de Catalunya (COPC), estas experiencias conectan con una necesidad humana básica: encontrar sentido, vínculo y orientación ante aquello que nos supera. En una sociedad marcada por la hiperconexión digital, la soledad y la sobreinformación, un eclipse puede recordarnos que necesitamos a los demás.
El asombro ante lo que nos supera
Lo que convierte un eclipse total de sol en algo más que una curiosidad astronómica no es solo su rareza, sino la experiencia de asistir a algo que desborda la escala cotidiana. Durante unos minutos, el día se altera, la luz cambia y el entorno parece suspender sus reglas habituales. Esa interrupción puede provocar una emoción difícil de encajar en una sociedad acostumbrada a explicarlo todo: asombro.
Para Perlado, los grandes fenómenos naturales conectan con una dimensión humana antigua, previa incluso a las formas organizadas de religión: “Estos fenómenos nos emparentan o nos recuerdan esa necesidad de pertenencia, de vinculación, de sentido y sobre todo de este asombro ante la inmensidad, ante lo desconocido”. No se trata necesariamente de creer en algo concreto, sino de experimentar que hay algo que nos supera y que “nos conecta con una dimensión que va más allá de nosotros”.
Desde esa perspectiva, el eclipse puede abrir una puerta a una vivencia espiritual entendida en sentido amplio: conexión, pequeñez, presencia y búsqueda de sentido. “Nos abre las puertas hacia la experiencia espiritual”, resume.
Un ritual colectivo en tiempos de soledad
Esa experiencia de asombro no se vivirá necesariamente en solitario. Uno de los elementos más singulares de un eclipse total de sol es que convoca a personas distintas alrededor de un mismo fenómeno. No hace falta compartir una creencia, una ideología ni una identidad previa: basta con mirar hacia el mismo lugar y reconocer que otros viven algo parecido.
Perlado sostiene que las sociedades siguen necesitando rituales colectivos, aunque sus formas hayan cambiado: “Totalmente. Y los encontramos y se reconvierten”. En una época marcada por la sobreinformación y la mediación tecnológica, esa búsqueda de sentido adopta formas nuevas, pero la necesidad de fondo permanece: conexión, propósito y pertenencia.
La paradoja es que nunca hemos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, muchas personas se sienten cada vez más solas. “Estamos hiperconectados, pero aislados”, resume. Por eso, el eclipse puede funcionar como contrapunto: no ocurre a demanda, no depende de un algoritmo y no se vive solo desde una pantalla. “Solos nos desintegramos, nos aislamos, nos empobrecemos y solo podemos crecer en relación con los demás”, concluye Perlado.
Pertenecer sin perder el criterio propio
Para Perlado, la espiritualidad no debe entenderse solo como una creencia religiosa o una adhesión a un dogma. “La espiritualidad es algo que forma parte de la esencia de las personas”, sostiene. Tiene que ver con la relación, el vínculo, la búsqueda de sentido y la posibilidad de encontrar un propósito. Por eso, la necesidad de comunidad también exige matices: que una experiencia colectiva pueda ser emocionante no significa que todo vínculo grupal sea saludable.
La diferencia está en el grado de libertad, espontaneidad y ausencia de coerción. En una observación compartida de un eclipse, nadie tiene que creer en un dogma, obedecer a una figura de autoridad ni integrarse en una estructura cerrada para participar. “Si no hay una inducción ni una conducción coercitiva, eso es un elemento distintivo de que es más espontáneo, natural y, por lo tanto, no patológico”, señala.
La pertenencia puede ser reparadora cuando permite compartir una emoción sin anular la autonomía individual. El problema aparece cuando la búsqueda de sentido, conexión o trascendencia se instrumentaliza y se convierte en dependencia. Perlado advierte de que las experiencias de asombro pueden abrir una mayor vulnerabilidad: ante algo que sobrepasa la comprensión cotidiana, puede aparecer la necesidad de que alguien dé sentido a lo vivido. Por eso, hablar de espiritualidad o de comunidad no implica renunciar a la duda.





