COPE (España), Pedro González, 16.02.2026
La palabra secta se utiliza a menudo de forma indiscriminada, mezclando en la misma categoría a minorías religiosas pacíficas, gurús abusivos o grupos apocalípticos. Sin embargo, existen criterios claros para diferenciar un movimiento alternativo de una secta peligrosa.
La fe que nació en el salvaje Oeste
El Movimiento de los Santos de los Últimos Días, conocido popularmente como los mormones, nace en Estados Unidos en 1830 de la mano de Joseph Smith. Su creencia fundamental es que el cristianismo original se corrompió y que Dios decidió restaurarlo a través de un nuevo profeta, el propio Smith. Este afirmó haber recibido unas visiones y la guía de un ángel llamado Moroni, quien le reveló la ubicación de unas planchas de oro. Su traducción daría origen al Libro de Mormón, su escritura sagrada junto a la Biblia.
Este libro cuenta que, tras resucitar, Jesús viajó a América para predicar. Esta idea es el núcleo de su fe, junto a la creencia en profetas modernos, la familia eterna que continúa tras la muerte y rituales específicos como el bautismo por los muertos. Este movimiento surgió en un clima de gran efervescencia religiosa en la América del siglo XIX, un territorio de fronteras difusas donde todo parecía posible. Sin embargo, su historia también está marcada por episodios oscuros como la masacre de Mountain Meadows, donde milicianos mormones participaron en el asesinato de más de un centenar de colonos.
Aunque en el imaginario popular se asocia a los mormones con la poligamia, la Iglesia oficial abandonó esta práctica en 1890 tras fuertes presiones del gobierno federal estadounidense. Hoy en día, la poligamia se considera un pecado grave y es motivo de expulsión. No obstante, existen grupos fundamentalistas desvinculados de la iglesia principal que continúan practicando el matrimonio plural de forma oculta y al margen de la ley.
De la autoayuda a la élite de Hollywood
La Cienciología se presenta como una mezcla de religión, terapia y ciencia ficción, popularizada por su presencia entre celebridades. Nació en 1950 como un método de mejora personal llamado Dianética, creado por L. Ron Hubbard. La premisa es que las personas arrastran traumas y experiencias negativas, incluso de vidas pasadas, que les impiden alcanzar su verdadero potencial. La cienciología promete extirpar estos males para que el individuo recupere el control sobre su vida.
El núcleo de su creencia es el Tethan, un espíritu inmortal que viaja de cuerpo en cuerpo acumulando estas cargas traumáticas. Según sus postulados, estas cargas pueden detectarse con una máquina llamada e-meter, y eliminarse a través de un proceso de purga denominado auditoría. La promesa central es, por tanto, ofrecer un control total sobre la vida y la mente, permitiendo a sus seguidores «subir de nivel» a medida que se liberan de su dolor pasado.
Las tres señales de alerta
El psicólogo clínico Miguel Perlado, especializado en la materia, advierte que el término secta se usa con demasiada ligereza. La experiencia clínica le ha permitido aislar tres elementos que distinguen a un grupo con una dinámica sectaria.
El primero es la existencia de «un fundador o fundadora, autoproclamado, al cual se le rinde una devoción no tan solo exclusivista, sino tendente a ser total», lo que conduce a una absorción completa de la vida del adepto.
El segundo rasgo es una dinámica de grupo que tiende a la fusión absoluta y una cohesión excesiva, con una exigencia de dedicación que no deja de crecer y un control de la personalidad creciente.
Finalmente, el tercer elemento es que se producen grados variables de explotación sobre los miembros.
Según Perlado, más que la doctrina, lo preocupante es «el modo en que se organizan y, sobre todo, el grado en que intrusionan en la vida, en la mente de las personas y en su intimidad», hasta anularlas.
El principal obstáculo para abandonar uno de estos grupos es el control y la alienación total que ejercen. La secta se convierte en la nueva familia y el único mundo de la persona, aislándola de sus vínculos sociales previos. Salir significa enfrentarse a la pérdida de ese único universo que les queda, lo que genera un profundo miedo, dependencia emocional y aislamiento. Esta es la razón por la que muchas personas tienen enormes dificultades para pedir ayuda.
Hoy en día, muchos de estos grupos se camuflan bajo la apariencia de terapias alternativas, coaching o comunidades de crecimiento personal. Las señales de alerta son claras: si un grupo te aísla de tu familia, si todo cuesta dinero en niveles cada vez más caros, si te culpan por dudar o te prometen soluciones milagrosas a problemas complejos, es momento de tomar distancia.
La espiritualidad no es el problema; el problema empieza cuando un grupo te pide que entregues la conciencia en la puerta.





