infobae (Argentina), Beatriz Martínez, 30.04.2026

Podría estar sacado de La Mesías, de los Javis, pero lamentablemente los hechos son reales. Hablamos de la miniserie documental La Chaparra. Yo nací en una secta, que ahora estrena Movistar Plus+ y en la que, a lo largo de tres episodios, nos adentraremos en esta terrorífica historia que tuvo lugar a los largo de treinta años.

El caso de la secta La Chaparra, desmantelada en una operación de la Policía Nacional en Vistabella del Maestrat en 2022, sacó a la luz décadas de abusos y manipulación ejercidos por su líder, Antonio Garrigós Lucas, conocido como el “Tío Toni”. Sus víctimas, tres generaciones sometidas al control y al aislamiento, así como a todo tipo de vejaciones.

La estructura interna de la secta giraba en torno a un modelo de familia comunitaria, dirigido y modelado por el tío Toni, quien utilizó su propia historia de vulnerabilidad y enfermedad, marcada por la poliomielitis desde la infancia, para granjearse la compasión y reforzar su control sobre los seguidores.

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Manipulación, control y dominación

Los documentos y publicaciones ‘autoeditadas’ por el propio Garrigós, como Los secretos del padre (1993), La respuesta que dio un guía (1996) y Buenos días, mente (2008), junto a entrevistas a víctimas y antiguos miembros, permitieron identificar una estrategia de control emocional basada en la manipulación de traumas y carencias que derivó en la construcción de una “gran familia” a su imagen.

La trayectoria de Antonio Garrigós muestra una evolución desde la marginación personal hacia la elaboración deliberada de una mitología autocomplaciente. Garrigós pasó de una difícil adolescencia y un intento de suicidio frustrado (escenificado con la intervención sobrenatural de “ángeles”) a la ‘autoproclamación’ como guía espiritual. Esta historia reconstruida, que él mismo relataba en su entorno y reproducía en sus libros, estaba concebida para reforzar el aura de enviado, legitimar el sufrimiento como vía de transformación y fomentar la sumisión incondicional.

A partir de esa narrativa de redención, el tío Toni consolidó una estructura de dominación prolongada, mediante la “hagiografía” distorsionada de su propia vida, convertida en doctrina interna, y la articulación de un liderazgo de “incubación lenta”, que se alimentaba de la dependencia emocional y diluía progresivamente la identidad de los adultos, sometidos al miedo constante ante la autoridad del líder.

Un líder espiritual con falsos poderes sanadores

La configuración del grupo se inició en 1990, cuando Antonio Garrigós comenzó a recibir a personas con distintos problemas personales, presentándose como poseedor de poderes sanadores y proponiendo la creación de un albergue para niños de familias desestructuradas. En 1994, la comunidad adquirió una vivienda conocida como El Pantano con los fondos de sus adeptos. Posteriormente, en torno al año 2000, el grupo se trasladó a una masía situada en Vistabella del Maestrat, donde llegaron a convivir unas cuarenta personas. La estructura interna se caracterizaba por la ausencia de cualquier jerarquía más allá del líder, quien tomaba todas las decisiones de manera unilateral.

Los rituales y prácticas dirigidos por Garrigós tenían una clara orientación dogmática, centrada en la supuesta purificación espiritual a través del sexo y la estrategia se completó con la exclusión del mundo exterior y la imposición de jornadas laborales extenuantes, lo que impedía el desarrollo de vínculos familiares y facilitaba la manipulación de los menores. Estos mecanismos permitieron naturalizar los abusos sobre niños, promovidos como parte de un proceso sanador, y dieron lugar a situaciones de incesto entre el líder y sus hijos biológicos sin conocimiento de los vínculos reales.

Los abusos sexuales y emocionales eran sistemáticos e instrumentales dentro del entorno. Antonio Garrigós aprovechaba el momento de las buenas noches a los niños para cometer las agresiones, utilizando pretextos como la necesidad de eliminar energías negativas. Sara, una de las protagonistas del documental fue víctima de estas agresiones desde los 12 hasta los 17 años, siendo su madre condenada por omisión tras conocer los hechos y no denunciar.

La policía especializada en sectas destructivas demostró que los abusos disponían de un marco esotérico y espiritual, reforzado por charlas conocidas como “escuelas” donde, bajo la apariencia de eliminar tabúes, Antonio Garrigós animaba e incluso forzaba prácticas sexuales.

Un documental sobre la pérdida de la identidad

La documentalista Elena Molina (Flores para Antonio) se ha hecho cargo de este trabajo a través de un largo proceso de investigación que se materializa en La Chaparra. Yo nací en una secta, que ya se encuentra disponible en la plataforma y en el que algunos de los supervivientes, como Gabriel López y su hermana Sara, su padre y su abuela, cuentan lo que han vivido en primera persona, de forma que sus testimonios resultan de lo más desgarradores.

Entre ellos, que iban al colegio, pero se les advertía que no podían compartir lo que sucedía en el grupo, bajo la idea de que “nadie les entendería”. El líder creaba una constante sensación de deuda emocional, haciendo sentir especiales a los menores, pero a la vez amenazando con la retirada de afecto en caso de contravenir sus imposiciones.

La familia López abandonó la comunidad de forma progresiva. Carlos López, padre de los hermanos, fue el primero en salir, al darse cuenta de la ruptura emocional de sus hijos hacia él tras la separación, llegándose a plantear si se encontraban ante un caso de coerción. El diagnóstico profesional llegó tras contactar con Miguel Perlado, psicólogo especializado en sectas, quien a instancias de Carlos evaluó el contexto y elaboró un informe que fue determinante para la acción policial.

El documental aborda la pérdida de identidad de los nacidos y criados en La Chaparra, lo que complica la complicada reintegración social, explorando el pasado marcado por la sumisión y la reconstrucción del presente a través de las figuras de Gabriel y de Sara en su nueva vida fuera de la secta, de cómo intentan reconstruir los cimientos de sus respectivas personalidades cuando no han tenido la oportunidad de construirlas.

Tras la muerte del líder en prisión preventiva, la responsabilidad penal de Antonio Garrigós se extinguió, pero persiste la necesidad de esclarecer las dinámicas del grupo y el grado de implicación de los acusados, en concreto cinco integrantes del núcleo interno, piezas fundamentales de un engranaje organizado bajo la dirección directa de Garrigós.