El Mundo | Crónica (España), Ricardo F. Colmenero, 27.03.2022 (versión PDF)

Cuatro víctimas que sí le han denunciado ayudan a hacer el retrato del detenido Antonio G. L., conocido como Tío Toni, el iluminado que lideraba una secta con masía en Castellón. Impedido en silla de ruedas y con oxígeno, se servía de objetos sexuales para cometer los abusos. Se cree que decenas de personas, muchas de las cuales ayudaron a financiar la masía de La Chaparra, pasaron por la secta en los últimos 20 años. Su entorno justificaba el trasiego de adolescentes diciendo que eran sobrinas. Los abusos, de los que que hay grabaciones, se cometían con esposas de miembros y sus hijas. Su mujer y una fiel de la secta también están en prisión por inducir a las menores a someterse y presenciar las sesiones. «Hace cinco años que los médicos me dijeron que tenía que estar muerto», le dijo él a su vecino peluquero.

Cuando el Tío Toni era poseído por «seres de luz» le cambiaba la voz, convulsionaba y ponía los ojos en blanco. A veces eran «médicos de otras dimensiones» que le ayudaban a curar. Otras le revelaban secretos, le predecían el futuro o se limitaban a darle órdenes, como la de mantener relaciones sexuales con las menores de su secta «para transmitirles su poder».

Así se lo contaron cuatro de sus víctimas a la Policía, tras lograr abandonar su templo, la masía de La Chaparra. Una mansión con árboles, una gran zona verde, piscina, caballos sueltos y un parque infantil; vigilada por perros y cámaras de seguridad, y ubicada en la comarca del Alcalatén, en el corazón de la provincia de Castellón.

El Tío Toni, de 64 años, está ahora en la cárcel y se enfrenta a una pena de 80 años. Se le acusa de seis delitos de trata con finalidad laboral, servidumbre doméstica y sexual; tres delitos de abusos sexuales con acceso carnal, y seis de abusos a menores, también con acceso carnal. Su es- posa y una de sus adeptas también se encuentran en prisión como colaboradoras necesarias, y por presuntamente haber presenciado los abusos.

Antes de convertirse en el Tío Toni, Antonio G. L. estaba en un herbolario de Castellón. Con el paso de los años se fue haciendo curandero, hasta que sus habilidades sanadoras dejaron de necesitar a las plantas. Entonces se convirtió en una especie de mentalista, y publicó dos libros de autoayuda: Las respuestas que dio un guía y Buenos días mente, además de montar una consulta privada en el sótano de su propia casa.

«Tú venías con un problema y él contactaba con unos seres que le transmitían una especie de energía, como algo que captaba, y que luego te pasaba por imposición de manos», relata a Crónica una de sus víctimas. También que, después de estas sesiones, la mayoría «quizá por su- gestión, se sentían muchísimo mejor».

A veces el problema era simplemente emocional. Otras veces era de salud, por lo que complementaba las imposiciones de manos con tratamientos naturales que ya dominaba. Y otras al paciente, simplemente, «le rondaba algo maligno». Con el tiempo, llegó a decir hasta «que podía curar el cáncer».

“Pensábamos que era una comuna hippy”

El negocio no iba mal y, con el paso de los años, animó a sus pacientes a que también les trajeran a sus hijos, hermanos y toda clase de familiares, con la que se acaba- ría conformando la secta.

Con la ayuda financiera de varios de ellos acaba- rían adquiriendo, hace más de 20 años, la masía de La Chaparra, ahora propiedad de una sociedad entre cuyos miembros, además de los detenidos, se encuentran aún algunos de los denunciantes.

«Aquí lo que hay es un móvil económico, una discrepancia, que ha derivado en esta acusación de abusos», advierte Vicente Chesa, abogado del Tío Toni. Según su defensa: «Aquí no hay una secta por ningún lado, la gente entraba y salía como le daba la gana, participaba en las actividades del pueblo, se casaban, se iban de luna de miel, se iban al médico… La mayoría iba sólo a pasar el fin de semana con los niños». ¿Y lo de los abusos? «Pues habrá que demostrarlo», apunta el letrado Chesa.

La masía de La Chaparra se encuentra al borde de la carretera CV-170, a unos ocho kilómetros del pueblo más cercano, Vistabella del Maestrat, de 300 habitantes censados, aunque tan sólo la mitad viven durante el invierno. El pueblo tiene sólo seis tiendas, en las que raras veces se veían a los miembros de esta comunidad. «Pensábamos que era una comuna hippy», confiesa una vecina.

Los miembros de la comunidad «servían al líder», explican los denunciantes. Además de dedicar sus ingresos para cuidarle y mantenerle, también les mandaba comprarle cosas. «Si al final todo esto va a ser para vosotros», les decía él para convencerles.

Policía con helicópteros

Casi a la misma distancia que Vistabella está la localidad de Azteneta. Su alcalde, Santiago Agustina, dice que aquello «era como un búnker», y que cuando algún «recolector de setas se acercaba, salía alguien a decirle que era una propiedad privada». El día que llegó la policía, «con helicóptero y todo», cuenta Agustina, pensaba que era «por un asunto de drogas».

Pero allí no había drogas. Lo que sí encontró el grupo de sectas de la Comisaría General de Información, la unidad central de atención a la familia y a la mujer (Uc- fam) de la Comisaría General de Policía Judicial, y la Brigada de Información y de la de Policía Judicial de la comisaría de Castelló, fueron dinero, joyas, relojes, agendas con datos personales y movimientos bancarios, numerosa imaginería religiosa, artilugios sexuales, y fotografías y grabaciones de los presuntos abusos.

Aunque inicialmente se sospechó que este material podría haberse comercializado por parte de la secta, finalmente se cree que era para consumo del líder y el núcleo duro de sus seguidores.

La operación policial arrancó en noviembre de 2021. Ocho meses antes, siete ex adeptos del tío Toni, algunos de ellos menores, se habían ido a ver al psicólogo experto en sectas Miguel Perlado. «Había mucho miedo a hablar, había vergüenza, también necesitaban saber si lo que percibían era así o no, y hablar entre ellos sobre lo que les había pasado, porque había un aislamiento tremendo, estaban confusos, desorientados. Fueron meses de mucho trabajo hasta juntar todas las piezas», explica Perlado.

Uno de los denunciantes decidió salirse de la secta al ver como su propio hijo, a medida que crecía, se iba pareciendo cada vez más al Tío Toni y no a él. Su mujer, sin embargo, decidió quedarse. Otros cinco miembros de la secta han pedido pruebas de paternidad al sospechar que sus parejas han podido mantener durante años relaciones en secreto con el Tío Toni y tener sus hijos. Tras la operación policial, la Generalitat ha asumido la patria potestad de un niño de ocho años y de una niña de 13.

El Tío Toni, sin embargo, «no era un gurú clásico», aclara Perlado. Antonio estaba en silla de ruedas desde hace años y necesitaba oxígeno. De hecho, tras su detención, acabó ingresado en el hospital, y desde que ingresó en prisión no hay día que no visite la enfermería. «No era un déspota violento, ni un dictador, era un mártir, alguien dulce, bueno, suave, del que había que apiadarse, y que tenía un don que había que cuidar y proteger», explica el psicólogo.

Casi cada martes el Tío Toni, su mujer y una adolescente, que solía rotar y que identificaba siempre como una de sus «sobrinas», se desplazaban en furgoneta a una vivienda vacía de dos plantas en la Avenida de Valencia de Castellón. Ellas hacían la compra y a él venía una ambulancia a cambiarle el oxígeno. La noche del 14 de marzo, a las 4.30 de la madrugada, su vecino Joel Delgado creía que le estaban robando en su peluquería, en los bajos de la misma vivienda: «Estábamos en fiestas y creí que me robaban. Cuando me asomé y vi a la policía, fíjate si estaba dormido que dije, ‘joder, qué rápido han venido’, ni pensé que eran ellos los que estaban entrando en la casa», al tiempo que el resto de agentes entraba, a 75 kilómetros de allí, en la masía de La Chaparra.

“Eran raros de cojones, como vuelvan los linchan”

Joel fue unas cuantas veces de visita a casa del Tío Toni para córtale el pelo. «Hace cinco años que los médicos me dijeron que tenía que estar muerto», le confesó el gurú. «Eran raros de cojones, no tenían ninguna relación con el barrio, ni un café al bar de al lado, pero como vuelvan los linchan», advierte Joel.

El peluquero y vecino recuerda que el Tío Toni pintaba en acrílico «cosas abstractas, pero muy chulas», y que «esculpía muñecos en miniatura». Sin embargo, la casa de Castellón acababan de reformarla y estaba prácticamente vacía. De vez en cuando, como Joel le confesó que le gustaban las antigüedades, el Tío Toni le traía alguna «del pueblo», le decía. «Que ahora supongo que era la casa esa de la secta, un espejo, una vasija, un faro de un barco…. Si es que todavía estoy flipando», confiesa el peluquero. El Tío Toni, para sus adeptos, «tenía un don», cuenta a Crónica uno de ellos: «Y había que protegerlo del mundo porque los demás no lo entenderían». De hecho, contaba que su enfermedad «fue lo que le abrió el canal para contactar con esos seres de luz y médicos del más allá», que le daban supuestos superpoderes. Aunque con el tiempo, el Tío Toni subió la apuesta y acabó definiéndose a sí mismo «como un enviado de Dios», capaz de hacer milagros como la curación, pero también, como explica uno de sus adeptos: «Podía decir un día que acababa de parar un terremoto o un tsunami en algún lugar del mundo».

Para Perlado, el Tío Toni, acabó haciendo un collage de su figura y de la secta en la que se mezclaba la religión, con la autoayuda, con cosas que había leído, con los médiums, con las creencias del New Age, entre otras. La mayoría de sus actividades, presuntamente delictivas, se realizaban a puerta cerrada. Ahí es dónde obtenía información de distintos miembros de la secta, «que luego utilizaba de nuevo en privado con ese miembro para hacerlo pasar por revelaciones de uno de esos seres de luz», cuenta uno de sus adeptos. «Ese poder es lo que le da autoridad al líder de una secta, que luego deriva en devoción, y después en aprovechamiento económico, y que luego puede ser sexual», explica Perlado, como modus operandi de estas organizaciones.

“No es sexo, es transmitirte energía”

De la misma forma, en privado también se producirían los presuntos abusos sexuales a adolescentes a partir de los 15 y 16 años, muchos de los cuales llegaron a ir al colegio en Vistabella, y se hicieron adultos en la masía. Los objetos sexuales encontrados por la policía habrían servido, presuntamente, para com- pensar las mermadas facultades del Tío Toni. Los niños, explica Perlado, «juegan un papel fundamental. Se crea un mundo de ilusión en el que el líder llega a suplantar la figura del padre, y de ahí se llega a su aprovechamiento».

El Tío Toni aspiraba a crear, explica uno de sus ex adeptos, «una generación más pura», de forma que los abusos para el líder de la secta, según deduce Perlado del testimonio de los afectados: «No es sexo, es transmitirte energía, mi poder obtenido gracias a traumas pasados, y así liberarte, curarte, quitarle algo maligno que has traído del exterior, y además yo no quiero hacerlo, no me apetece, no disfruto, yo soy sólo un instrumento de esos seres de luz que buscan algo superior, un fin mayor». Todo ello aderezado por «el vínculo que se genera, el secretismo, el miedo y la vergüenza».

Además del Tío Toni, su mujer y la otra adepta que se encuentra en prisión, otros seis miembros de la secta también fueron detenidos por la Policía en la masía, aunque a las pocas horas fueron puestos en libertad, pero con órdenes de alejamiento del resto de miembros y ex miembros del grupo.

La jueza del Juzgado de Instrucción número 6 de Castellón llegó a suspender esta semana una comparecencia de la Policía Nacional para explicar esta operación, ya que las familias de muchos afectados aún no saben que estaban en una secta.