O Globo (Brasil), María C. Salas, 9.09.2025
Pamela Jones relató cómo, a los 15 años, tomó la decisión de casarse para dejar atrás a un padre abusivo. A pesar de su corta edad y de ser aún virgen, el matrimonio no representó un verdadero escape, pues apenas una semana después de la unión su esposo le anunció sin reparos:
«Estoy listo para encontrar otra esposa». Esa frase sintetizó la realidad en la que había crecido, marcada por las normas de una secta mormona fundamentalista en la que la poligamia era el eje central de la vida comunitaria.
Desde su infancia, Jones había formado parte de la Iglesia fundamentalista del Primogénito del Cumplimiento de los Tiempos, un grupo religioso que otorgaba a los hombres la posibilidad de tener tantas esposas como desearan.
La organización se remontaba a la década de 1820, cuando Alma Dayer LeBaron Sr. fundó el movimiento en el norte del estado de Nueva York, estableciendo el «matrimonio plural» como uno de sus pilares.
Aunque la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días prohibió oficialmente esta práctica en 1904, la secta mantuvo la poligamia como esencia de su doctrina y buscó refugio en otros lugares para continuarla sin interferencias legales.
Con el objetivo de escapar a las restricciones en Estados Unidos, los seguidores de la secta se trasladaron a Los Molinos, México. Allí establecieron una comunidad cerrada, alejada de la mirada de las autoridades y de los extraños, bajo la creencia de que ese país representaba un entorno «más seguro» para preservar su estilo de vida.
El aislamiento se convirtió en una estrategia de supervivencia que alimentaba, al mismo tiempo, el miedo constante de ser descubiertos. En ese contexto, Pamela creció sometida a reglas que moldeaban a las niñas para ser sumisas y obedientes a los hombres, sin acceso a una vida autónoma fuera de la organización.
El matrimonio temprano y la sumisión femenina eran pautas inquebrantables dentro del grupo. Jones, al igual que muchas otras mujeres, quedó atrapada en un sistema que limitaba sus decisiones y perpetuaba un ciclo de control masculino. Sin embargo, tras años de vida en esas condiciones, logró encontrar una vía de salida.
Con nueve hijos nacidos durante su permanencia en la secta, Pamela cruzó la frontera y se estableció en Minneapolis, donde comenzó de nuevo. Para sostener a su familia, abrió un servicio de limpieza de casas y, posteriormente, volvió a casarse. El cambio no fue únicamente geográfico ni económico, también significó un proceso de transformación personal.
En sus propias palabras, la mujer expresó el contraste entre la niña que había sido y la adulta que llegó a convertirse: «La niña mansa y asustadiza, que fue criada en el culto a la tímida, silenciosa y obediente a los hombres, aprendió no solo a usar su voz, sino también a rugir cuando era necesario».





