La Voz (Argentina), Francisco Panero, 19.09.2026
La vida bucólica, el contacto con la naturaleza y la atmósfera especial de San Marcos Sierras prometían una vida espiritual a quienes llegaban a esa localidad del departamento Cruz del Eje, al noroeste provincial.
La fachada de paz, naturaleza y evolución espiritual escondía una maquinaria de sometimiento extremo, manipulación psicológica y explotación sexual.
En paralelo, el Tribunal Oral Federal 2 (TOF2) de Córdoba viene juzgando dos causas de trata de personas. Como ya se viene informando, por un lado, la ya comentada secta de «los Sanadores Egipcios», con el «Seshen» Álvaro Aparicio Díaz como máximo responsable de una comunidad que terminó asentándose cerca de Villa Cura Brochero.
Por el otro, desde la semana pasada se analiza el caso de otra «comunidad» en San Marcos Sierras.
La acusación analiza la actividad de una secta o comunidad cerrada que sobrepasa el delicado límite entre ciertas creencias de culto y los delitos penales graves.
El banquillo de los acusados lo ocupa Gerardo Renee Bastos, quien se presentaba ante sus seguidores bajo los alias de “Maestro” o “El Maestro Lucidor Flores”.
El fiscal General Carlos María Casas Nóblega le atribuye la coautoría de una serie de delitos de extrema gravedad que cuesta enumerar por la extensión y por la crudeza de los actos que implica: «Trata de personas con la finalidad de reducir o mantener a una persona en condición de servidumbre, agravada por haber mediado engaño, abuso de la situación de vulnerabilidad, por haber sido el autor ministro de un culto y por haber consumado la explotación», en concurso real con «abuso sexual con acceso carnal continuado, agravado por haber sido cometido por ministro de un culto».
Álvaro Aparicio Díaz, o «Maestro Seshen», era el líder de la secta de «los Sanadores Egipcios». Está acusado de someter a trata laboral y explotación a 11 personas captadas por él y por su esposa.
De probarse estos delitos, Bastos afronta un pronóstico de pena muy elevado.
De acuerdo a lo que se viene ventilando en las audiencias, se aprecia que las víctimas son personas vulnerables por situaciones críticas: duelo, separación, pérdida de trabajo, no poder tener hijos y otras dificultades.
También se viene vislumbrando que, como la finalidad es la explotación sexual y económica, esas víctimas son generalmente profesionales de buen pasar económico, con ingresos, bienes y otro tipo de recursos, quienes terminan vendiendo todo en beneficio de la secta.
La palabra de la víctima
El juicio comenzó el pasado jueves 10 de septiembre y tuvo una audiencia de contenido dramático al escuchar la palabra de la denunciante. Identificada como GHP y de nacionalidad brasileña, la joven prestó declaración testimonial ante el tribunal integrado por los vocales José Fabián Asís, María Noel Costa (presidenta) y Enrique Lilljedahl, los mismos que actúan en el caso de «los Sanadores Egipcios».
El testimonio de la mujer permitió reconstruir el derrotero que la llevó a quedar atrapada en las redes de la organización. La mujer relató que conoció a Bastos en Florianópolis (Brasil) en un momento de vulnerabilidad personal: había abandonado la universidad, se encontraba sin trabajo, atravesaba un cuadro depresivo y buscaba respuestas en la espiritualidad.
Una amiga la invitó a una charla de quien era presentado como un «chamán mapuche». En un principio, el espacio –denominado inicialmente “Mística Andina” y luego “Organización Nación Pachamama”– se ofrecía en un entorno sumamente acogedor y afectivo. Sin embargo, con el correr de las semanas, Bastos comenzó a ejercer un fuerte magnetismo sobre ella.
La trampa psicológica se estructuraba mediante rituales de iniciación donde se exigía al discípulo abandonar su personalidad anterior, aceptar que era «frágil» y «perdida» y «entregar la cabeza» al maestro para convertirse en una «arcilla blanda» moldeable. Cualquier disidencia era castigada con el ridículo y con la burla pública.
En esas condiciones, Bastos convenció a la joven de viajar a Fortaleza bajo la promesa de acceder a «enseñanzas secretas», financiando su traslado. Allí la habría obligado a realizar una práctica sexual denominada «Shakti» –relaciones íntimas con él para «recibir energía» de las discípulas.
Luego, le indicó que su «destino» era casarse con su hijo, Ramiro Ignacio Bastos, con quien la víctima inició una relación y tuvo dos hijas.
A San Marcos Sierras, a Casa Mama
Entre fines de 2009 y principios de 2010, GHP y Ramiro llegaron a la provincia de Córdoba bajo el pretexto de visitar a los familiares del líder. El verdadero propósito era instalarla en un predio rural aislado, cerca de San Marcos Sierras, para fundar la comunidad Casa Mama.
La mujer fue instalada en un rancho desprovisto de servicios básicos como agua o luz, lleno de alacranes, donde debió vivir durante meses dentro de una carpa junto a sus hijas pequeñas.
Sin manejar el idioma y con poca idea de dónde se encontraba, quiso regresar a Brasil, pero tampoco tenía dinero. Estaba a unos dos mil kilómetros de su hogar, en medio de una profunda situación de vulnerabilidad que el imputado explotó sistemáticamente.
Dentro de la comunidad, la autonomía de GHP fue anulada por completo. Su jornada comenzaba a las 5 de la madrugada con meditaciones, tareas de huerta, elaboración de pan, cocina, limpieza y la administración de redes sociales o correos electrónicos para promocionar el grupo.
Todos los miembros debían enviar informes diarios detallando sus actividades. Asimismo, se les exigía un aporte económico semanal. Cuando los padres de la víctima dejaron de enviar dinero, fue obligada a realizar labores forzadas sin remuneración, incluyendo la venta de libros y de productos orgánicos.
El control llegó a niveles de humillación: se le impusieron cambios de nombre como forma de disciplina, se le prohibió la socialización exterior y se le vedó el acceso a instituciones públicas de salud.
El régimen de premios y castigos administrado por el «Maestro» incluía además abusos sexuales reiterados. Entre 2014 y 2015, Bastos la sometió a prácticas sexuales degradantes bajo la coacción física y psicológica, reprochándole en ocasiones que «desperdiciaba» fluidos sagrados cuando ella mostraba resistencia o repulsión.
Escape y darse cuenta
La salida de la comunidad se produjo de manera paulatina y silenciosa debido al pánico infundido. La víctima logró alejarse simulando que su partida se debía a una «incapacidad personal» o a un exceso de ego, agradeciendo incluso al grupo para evitar represalias.
Sin embargo, un episodio de tensión relacionado con sus hijas le detonó una crisis de angustia que la llevó a sincerarse con amistades ajenas al culto. Fueron estas relaciones quienes la acompañaron al Polo de la Mujer (en la ciudad de Córdoba), desde donde se la derivó a equipos especializados en la asistencia a víctimas de sectas.
Cuando se dio cuenta de la gravedad de los hechos, hizo la denuncia penal.
De acuerdo a su testimonio, actualmente GHP afronta secuelas emocionales profundas, sentimientos de culpa y dificultades para reanudar su vida personal y laboral.
Hoy, su expectativa está centrada en obtener justicia.
El debate seguirá durante las próximas semanas con la incorporación de numerosas testimoniales y la prevista declaración del imputado, en un juicio que promete marcar un precedente jurisprudencial sobre la delgada línea entre la libertad de culto y el terrorismo psicológico con fines de explotación.
