El Confidencial (España), Sofía Guardiola, 17.07.2025
El Vitra Design Museum dedica una exposición al mobiliario creado por los Shakers, un culto cristiano que se extendió en EEUU a finales del siglo XVIII y cuyas principales características eran unos temblores provocados por Dios, la creencia en una versión femenina de Jesucristo y las dotes para la artesanía.
Cuando pensamos en los grupos religiosos estadounidenses, sin duda influenciados por el género del folk horror y por precedentes históricos como los trágicamente famosos Juicios de Salem, imaginamos comunidades oscuras, aisladas, extremadamente represivas y aterradoras. Sin embargo, aunque pueda parecer chocante, durante el siglo XVIII algunas de estas comunidades religiosas minoritarias fueron lo que hoy denominaríamos un ejemplo pionero de igualdad, dando pasos de gigante en factores como la concesión de puestos de poder a las mujeres, la igualdad social o incluso la autodeterminación de género.
Este último es el caso de PUF (Public Universal Friend), una persona que, tras sufrir una grave enfermedad en 1776, afirmó que había vuelto a la vida como un nuevo ser que no era ni hombre ni mujer, y que se dedicó a predicar sus creencias religiosas por todo el noreste de Estados Unidos, atrayendo a tantos seguidores que se convirtieron en la Sociedad de los Amigos Universales.
La religión que PUF predicaba era, básicamente, la que había practicado desde la infancia, denominada Sociedad de los Amigos, aunque con algunas variaciones. A dicha iglesia perteneció también durante sus primeros años de vida Ann Lee, una joven inglesa que acabaría fundando, al igual que Public Universal Friend, su propia comunidad religiosa: la de los Shakers. Los pilares de esta religión minoritaria serían la igualdad de género —hombres y mujeres eran iguales ante sus leyes y credos, pero sin embargo debían permanecer segregados y no juntarse—, la igualdad social, el trabajo como forma de honrar a Dios, el celibato extremo y el rechazo tajante al matrimonio, lo cual acabó causando que se extinguieran casi por completo, y que hoy en día solo exista una comunidad residual.
La religión Shaker llegó incluso a contar con una mujer negra, la Madre Rebeca Cox Jackson, como miembro importante y fundadora de una de sus comunidades —de hecho, la única hasta ese momento que se había establecido dentro de una ciudad—.
La comunidad de Ann Lee nació en Inglaterra, pero en 1774 se trasladó junto a un grupo de sus fieles a Estados Unidos, siguiendo una revelación. Sus seguidores llegaron a creer que ella era la contrapartida femenina de Cristo, y revitalizaron la idea de un Dios andrógino cristalizado en el concepto de Sofía —sabiduría—. Por ello defendían con tanto ahínco la igualdad de hombres y mujeres, defendiendo que la segunda venida de Cristo a la Tierra encarnada por Ann Lee solo podía significar que el fin del mundo estaba cerca.
Diseño para vivir en comunidad
Aunque no sea posible en este artículo detenerse en todas las particularidades de su credo, resulta necesario mencionar, al menos, de dónde reciben el nombre, cuyo significado traducido es “los que tiemblan” o “los que se agitan”.
En realidad, su nombre oficial era Sociedad Unida de Creyentes de la Segunda Venida de Cristo, pero todo el mundo les conocía por el sobrenombre que ha trascendido hasta nuestros días porque sus prácticas religiosas implicaban trances en los que realizaban extrañas danzas extáticas y se agitaban de forma incontrolable. De hecho, muchas de las representaciones de la época los muestran bailando en grandes círculos, muchas de ellas realizadas durante lo que se denominó como La Era de las Manifestaciones. Este periodo, que se extendió durante diez años —de 1837 a 1847—, se caracterizó por una época en la que las revelaciones mediante bailes, canciones, visiones, sueños y temblores se hicieron extremadamente frecuentes.
El legado Shaker va más allá de unas creencias curiosas y una encomiable defensa de la igualdad tanto social como de género. También han dejado como herencia para el mundo su trabajo cultural y artesanal, dentro de lo cual destacaban especialmente en su talento musical y su elaboración de mobiliario.
Este último ha inspirado al Vitra Design Museum situado en Weil am Rhein, en la frontera alemana con Suiza, a realizar una exposición sobre su historia y sus piezas. La muestra, titulada Shakers: A World in The Making pretende mostrar cómo las fuertes creencias religiosas, pero también la búsqueda de igualdad, el fomento de la vida en comunidad y la importancia religiosa que otorgaban al trabajo condicionaron por completo su forma de diseñar el mobiliario, y cómo algunos de esos valores han inspirado a diseñadores posteriores
para crear sus piezas.
Para la exposición, el Vitra Design Museum ha reunido unas 150 piezas, en colaboración con varios museos estadounidenses entre los que destaca el Shaker Museum de Chatham, Nueva York. Además, se exponen también piezas posteriores inspiradas por esta comunidad, así como obras contemporáneas encargadas especialmente para la ocasión de artistas como Kameelah Janan Rasheed o Amie Curat. La contribución de esta última, por ejemplo, ha consistido en realizar al final de la muestra una reinterpretación de la típica vivienda comunitaria donde los Shakers relacionaban sus reuniones y celebraban el culto, invitando así a reflexionar sobre el sentido de comunidad y la espiritualidad.
Adelantándose al minimalismo
Una de las cualidades más reconocidas de las piezas Shakers era su simplicidad, su capacidad para ser sumamente funcionales sin ornamentos ni añadidos innecesarios, lo cual se convirtió, dos siglos después, en la máxima del diseño minimalista. Esto, a su vez, llevaba a un modo de producción sostenible en la que no se desaprovechaba material, y que comulgaba con sus ideales de austeridad. Desde escaleras de viviendas Shakers a bancos de madera de cuatro metros —ejemplo de un mueble diseñado para una vida en comunidad— pasando por armarios y prendas de vestir, las piezas expuestas en el Vitra Design Museum dan testimonio no solo de un modo de vida sobrio, sino también organizado y estructurado. De hecho, una de sus piezas más famosas son las cajas ovaladas conocidas por su sencilla belleza, unida a una gran eficacia como solución de almacenaje.
Otras de las piezas que más han trascendido de los Shakers son las sillas, que se producían, aunque a pequeña escala, del mismo modo que se hace ahora en algunas de las firmas más importantes de mobiliario —la propia Vitra entre ellas—: de forma estandarizada, aunque con posibilidad de personalización, demostrando que, a pesar de ser una comunidad fuertemente unida que daba mucha importancia al grupo, no pretendían anular al individuo ni restringir sus particularidades.
Como no puede ser de otro modo en una comunidad conocida por su revelaciones mediante el baile, también abundan en la exposición instrumentos musicales e incluso una radio, prueba de que a pesar de su aislamiento no rechazaban necesariamente los avances técnicos. Asimismo, aunque en ocasiones podía resultar paradójico, su modo de vida aislado no les impedía vender sus productos y piezas artesanales, que pasaron a considerarse artículos de lujo, y con cuya transacción mantenían sus asentamientos.
Los Shakers lograron algo que, en un principio, parece casi imposible: ser fieles a sus creencias, llevándolas a todo aquello que hacían, desde la ropa con la que vestían a las sillas donde se sentaban y a las casas en las que vivían, fomentando siempre la vida en comunidad y fuera de la sociedad más tradicional, pero sin renunciar a ello a cierta modernización, a cierta apertura al exterior, necesaria para poder elaborar diseños tan tradicionales y, a la vez, extrañamente actuales.





