GQ (España), Eduardo bravo, 9.07.2025

En 1969, el grupo inglés The Who publicó Tommy, un doble disco conceptual donde se narra la historia de un joven que, tras sufrir una experiencia traumática que le provocaba la pérdida del oído, la vista y el habla, se erige maestro del pinball, juego a través del cual alcanza un nivel de iluminación tal que lo convierte una suerte de guía espiritual para la juventud de su época. Pese a que Tommy fue considerado en el momento de su publicación como el colmo de la modernidad, o un paso más en esa gran historia del pop que aún estaba intentando asumir el Blonde on Blonde de Bob Dylan, el Pet Sounds de The Beach Boys (ambos editados en 1966) y el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles (1967), el origen de su personaje protagonista no se encontraba precisamente en Carnaby Street, ni en el Fillmore de San Francisco, ni tan siquiera en festivales tipo Monterey Pop, sino en un lugar tan remoto y aparentemente tradicional como la India.

Del mismo modo que los Beatles tenían a Maharishi Mahesh Yogi, Pete Townshend, guitarrista y compositor principal de The Who, halló iluminación en la figura de Shri Meher Baba, un gurú nacido allá por 1894 en Pune, ciudad cercana a Bombay. Baba era conocido por sus discípulos como “El Mesías”, “El Avatar” o “El Maestro Perfecto”, sobrenombres que equiparaban al líder religioso con figuras como Zoroastro, Rama, Krishna, Buda y Jesucristo.

Crecimiento espiritual

“Tuve muchas dudas sobre una ópera anterior [a Tommy] que había intentado escribir. Se titulaba Rael y mi intención era que fuese una ópera de verdad, para orquesta completa. De hecho, mirándolo con perspectiva, ni siquiera recuerdo dónde encajaba The Who como grupo, dado que el héroe de la ópera era Arthur Brown, pues siempre pensé que la voz frenética de Arthur, y la forma en que pasaba del vibrato clásico al grito de Jay Hawkins, eran el complemento perfecto para una ópera rock”, recordaba Pete Townshend, quien nunca llegaría a finalizar Rael debido a esas dudas y al propio argumento de la pieza. “Tenía una temática política, quizá por eso fracasó incluso antes de empezar. No soy un gran político”.

Si bien Townshend no estaba interesado en cuestiones políticas, como demostró el hecho de que expulsase del escenario de Woodstock al activista Abbie Hoffman –al grito de “Fuck off! Fuck off my stage!”– a finales de los sesenta, el músico sí había comenzado a explorar su espiritualidad. Para ello recurrió a diferentes herramientas, entre las que se encontraban el LSD y los escritos de Shri Meher Baba, el cual también se mostraba reacio a las cuestiones políticas. Tanto es así que se había negado a recibir a Gandhi, argumentando que el líder independentista indio debía abandonar antes su militancia contra las autoridades inglesas (lo que, todo sea dicho, no dejaba de ser un posicionamiento político bastante explícito).

Aunque nunca llegaron a conocerse en persona, el vínculo entre Townshend y Baba se fue estrechando cada vez más, incluso sin ser ellos conscientes. Prueba de ello es que cuando, un buen día, le mostraron a Meher Baba la portada de un ejemplar de The Observer en la que aparecía una foto de The Who, el gurú tocó con el dedo la nariz de Townshend en la foto, gesto que muchos interpretaron como una señal que unía los destinos de ambos hombres. Por su parte, el guitarrista y compositor comenzó a utilizar de manera inconsciente frases pertenecientes a los escritos de Meher Baba, primero como mantras para conseguir equilibrio emocional y, más tarde, como parte de las letras de sus canciones. Así hasta que, llegado el momento, incorporó algunos de los rasgos más característicos del gurú al personaje de Tommy.

Silencio

Que el protagonista de esta ópera rock no hablase, no viera y no escuchase respondía a algunos de los principios de la filosofía de Meher Baba —quien, entre otras cosas, afirmaban que el mundo es una ilusión cuya realidad es imposible percibir por los sentidos—, sí, pero también a una curiosa decisión que el líder religioso había tomado el 10 de julio de 1925. Ese día, del que ahora se cumplen cien años, Meher Baba resolvió no volver a hablar nunca más. A partir de entonces, el maestro se comunicó únicamente a través de la mímica o señalando en una tablilla las letras que conformaban las palabras de aquello que necesitaba: en esencia, y sobre todo, alojamiento, comida o fondos para continuar su labor, que solían ser aportados por acólitos europeos y estadounidenses en buena posición económica.

A pesar de lo peculiar de este sistema, y hasta su fallecimiento cuarenta y cuatro años después (justamente el mismo año en que vio la luz Tommy), el líder religioso no tuvo excesivos problemas para comunicarse, salvo en momentos puntuales. Por ejemplo, cuando tuvo que pasar el control de pasaportes en los frecuentes viajes pastorales que realizaba por el mundo, y para los que requería de la ayuda de un intérprete de su séquito, así como de la paciencia y comprensión de los funcionarios de inmigración que le tocasen. En 1932, cuando llevaba ya siete años sin hablar, The New York Times se hizo eco de que su llegada al puerto de Dover (procedente de Bombay) se había demorado debido, precisamente, a las dificultades de comunicación con las autoridades. Más allá de eso, Meher Baba ni siquiera renunció a la posibilidad de participar en programas radiofónicos, hacer ruedas de prensa o impartir conferencias.

Por encima de cualquier actitud mística, la decisión del líder espiritual mostraba otro de los rasgos básicos de su personalidad: su sentido del humor, tan legendario que, de hecho, no solo sirvió como inspiración para Tommy y Baba O’Rilley —tema que Townshend concibió para una segunda ópera rock, Limelight, pero que finalmente formó parte del LP Who’s Next? (1971)—, sino que también sirvió como punto de partida para una uno de los mayores éxitos de los años 80. Hablamos de Don’t Worry, Be Happy, tema que Bobby McFerrin compuso a partir de una frase acuñada por Meher Baba en los años 50. Por aquel entonces, el gurú había emprendido lo que denominó “La Gran Vida”, una aventura en la que se dedicó a recorrer la India sin rumbo fijo, acompañado por un grupo de veinte personas cuya única obligación era cumplir con un precepto: comprometerse a estar permanentemente contentos, sin mostrar signo alguno de preocupación. Don’t worry. Be happy.