Heraldo de Aragón (España), Mariano García, 3.11.2024
Pequeña, circular, enigmática y efímera. Así era la iglesia que los templarios construyeron en Zaragoza, en lo que hoy sigue siendo la calle del Temple. Un templo de planta octogonal y un diámetro de 17,25 metros, con una nave anular que no llegaba a los 5 metros de anchura; un templo que seguramente se pensó edificar en piedra pero que finalmente se terminó en ladrillo. Nada queda de aquel edificio construido en el siglo XIII y en el que rezarían, se supone, los templarios de paso por la ciudad. Cuando la Orden fue suprimida por el Papa en 1312, sus propiedades en Aragón fueron absorbidas por la de San Juan de Jerusalén. Y, por si acaso pocas leyendas envuelven la historia del Temple, en Zaragoza se tejió una más, y con nombre propio: Ramón Oliver. El último maestre templario, al que los hermanos de San Juan de Jerusalén tenían en tan alta estima que le ofrecieron el cargo de comendador si se pasaba a sus filas, rechazó el ofrecimiento y cansado, viejo y olvidado, siguió ocupándose del culto en la iglesia 18 años más, hasta que, con 95, falleció en 1330. El edificio se reformó en el siglo XIV, fue expoliado durante los Sitios, cerró sus puertas definitivamente en 1834 y se derribó en 1856.
Esta es una de las historias que se recogen en la obra ‘La arquitectura medieval cristiana de Zaragoza’, cuyos dos últimos tomos acaba de publicar el arquitecto Ricardo Usón. Los edita la Institución Fernando el Católico (IFC) de la Diputación de Zaragoza. La obra tiene un enfoque interdisciplinar, porque en Ricardo Usón confluyen el historiador y el arquitecto. «Cuando era niño y mi padre me llevaba a ver edificios ya tomaba notas y apuntes de todo lo que veía –señala–. Luego he ido reuniendo documentación y datos, he atado cabos pero, sobre todo, he aprendido mucho de mis compañeros. De la Edad Media no conservamos mucha documentación, así que cualquier dato es muy valioso. Es ya en época renacentista cuando empiezas a disponer de documentación, así que el método de trabajo ha sido casi siempre partir de esa documentación e ir hacia atrás en el tiempo intentando desentrañar la evolución de cada edificio, dibujarlo e ir encajando las piezas». Cada uno de los monumentos analizados se enmarca en su contexto histórico y en la obra se cuenta cómo las necesidades de cada momento han ido modificándolo. Y, sobre todo, se aporta un enorme aparato gráfico, en el que pueden verse también las propuestas y reconstrucciones de Ricardo Usón. Así, por ejemplo, ocurre con el convento de San Francisco, del que el autor ofrece varias plantas y alzados.
«Tenía la iglesia más grande de Zaragoza. Era enorme, y sólido, hasta el punto de que cuando los franceses quisieron volarlo tras los Sitios, llegaron a la conclusión de que lo más eficiente era dinamitar la torre de tal modo que esta, al caer, aplastara la iglesia. No lo lograron y, además, el general Suchet, mientras se efectuaban los trabajos de demolición, se quedó deslumbrado por la belleza del antiguo dormitorio medieval y mandó parar». Capítulo aparte merece la atención que se le presta en la obra a la Aljafería, casi una monografía de 70 páginas en las que se desmenuza la historia del edificio, incluidas sus restauraciones. «De la Aljafería se ha escrito mucho y muy bien –señala–, pero sobre todo de la época musulmana. Los Reyes de Aragón, al igual que hicieron en Valencia o Mallorca, se instalaron en los palacios de recreo de los reyes musulmanes». La capilla del rey estaba en la actual capilla de San Martín y la de la reina en la de San Jorge (sala sur), y Usón publica sus plantas y ofrece valiosa información sobre ambas. Y cuenta también el paso de la Inquisición por el palacio. «Fernando el Católico quería articular una policía de costumbres», señala.
De la iglesia de San Pablo, templo gótico matriz en la ciudad, Usón destaca que es ‘hermana’ de la de Santa María de Tauste. «Surgió a partir de la antigua ermita de San Blas», apunta. Dos tercios de las iglesias y conventos medievales zaragozanos han desaparecido para siempre. «Se ha perdido mucho, por eso lo que queda debemos cuidarlo», subraya. Además del caso ya citado de San Francisco, destaca el convento de Santo Domingo, también enorme y del que queda el refectorio; el de San Agustín, del que se conserva muy poco; el de San Lázaro; o el de Santa Catalina, «que tiene uno de sus arcos en la Aljafería». Por eso le da mucha importancia al del Santo Sepulcro, aún completo y en relativo buen estado. Todos ellos grandes, ricos, con importantes obras de arte. «La Zaragoza del siglo XIII era bastante pobre en nuevas construcciones, casi todas sus iglesias eran mezquitas reacondicionadas. El esplendor lo alcanzó la ciudad a partir del siglo XIV, sobre todo cuando la diócesis pasó a ser archidiócesis y los Reyes de Aragón, que ya dominaban el territorio peninsular, iniciaron sus campañas en el Mediterráneo. Barcelona y Valencia también se desarrollaron pero Zaragoza era la capital del reino y eso se notó. Se desarrolló la arquitectura del ladrillo y, a la hora de trabajar con él, se acudió a los mudéjares. El arte mudéjar nació y se desarrolló en esa riqueza».
El libro de Ricardo Usón se presenta el jueves 7 de noviembre a las 19.00 en la iglesia de San Nicolás del monasterio del Santo Sepulcro, en un acto en el que participarán, además del autor, Carlos Forcadell, director de la IFC, y el historiador Domingo Buesa. Nacido en Zaragoza en 1957, Ricardo Usón es doctor en arquitectura y ha desarrollado toda su carrera como arquitecto municipal, en cargos de responsabilidad. Suyos son proyectos emblemáticos como la conversión del antiguo Matadero Municipal en la Biblioteca Ricardo Magdalena, el Polideportivo Municipal La Granja o el rediseño de la plaza del Pilar. ‘La arquitectura medieval cristiana de Zaragoza’, de más de 1.000 páginas y 2.000 fotografías y planos, se articula en tres tomos. El primero se centra en los templos intramuros de la ciudad medieval; el segundo en los templos extramuros y conventos intramuros; y el tercero en los conventos extramuros.





