Radio Pichincha (Ecuador), Sofía Montoya, 26.02.2026

Víctimas denuncian aislamiento, manipulación psicológica, control económico y graves impactos en niños y niñas en un grupo que opera en Quito con dinámicas sectarias.

“Yo no sabía que estaba dentro de una secta. Me di cuenta después de muchos años”, dice Blanca Zuleta, quien permaneció una década en el grupo “Mi conciencia despierta” que —según su testimonio— operaba con manipulación psicológica, culpa inducida y control económico en Quito.

Durante diez años, Blanca Zuleta formó parte de lo que inicialmente creyó era un espacio de crecimiento personal y ayuda mutua. “Había propósitos en común, ideales de ayuda. Me sentía identificada y comprendida”, recuerda. Sin embargo, con el tiempo —dice— comenzaron los cuestionamientos hacia su familia, el aislamiento progresivo y la implantación de culpas.

“Nos decían que nuestros padres nos habían hecho daño en la infancia y que debíamos alejarnos al menos cinco años para que sintieran el dolor”, relata. La estrategia, según su testimonio, consistía en posicionar a los integrantes como víctimas permanentes y romper sus vínculos afectivos externos.

Culpa, miedo y dinero

Blanca asegura que el grupo detectaba debilidades emocionales para utilizarlas como mecanismo de control. En su caso, la manipulación giró en torno a la maternidad.

“Me hicieron sentir que yo había sido una mala madre, que había abandonado a mi hijo. Eso no era verdad, pero empezaron a implantarme esa idea”.

A partir de ahí, comenzó —según cuenta— una serie de cursos y terapias pagadas: clases conjuntas con su hijo para “resarcir errores”, talleres para “sanar el niño interior” y sesiones sobre “vidas pasadas”. En estos últimos espacios, describe dinámicas grupales en las que se inducían relatos de abusos sexuales ocurridos supuestamente en otras vidas.

“Salíamos con más culpa y al día siguiente íbamos a terapia individual con ellos mismos para sanar lo que había salido en el taller”, explica. Para Blanca, el impacto fue profundo:

“Nos despersonalizamos. Llegué a no saber qué hacer con mi propio hijo”.

Crecer dentro de una secta

Sebastián Verdesoto, hijo de Blanca, estuvo en el grupo desde los 10 hasta los 18 años. Es decir, toda su etapa formativa transcurrió allí.

“Me implantaron ideas que luego resultaron no ser ciertas. Me enseñaban que estaba con la secta o contra la secta”, afirma. Durante cinco o seis años se alejó de su familia extendida. “Nos decían que quienes no estaban ahí estaban en el ‘bajo astral’ y que querían mantenernos atrapados en este mundo”.

Su madre, Blanca, describe dinámicas de premio y castigo emocional: invitaciones selectivas a eventos, cercanía con el líder para quienes “avanzaban” y exclusión para quienes dudaban. “Había mucho miedo al karma. Nos decían que, si hablábamos mal de ellos, recibiríamos el karma no solo de ellos, sino de todas las personas que atendían”.

También señala que la supuesta “escuela” donde participaban no contaba con respaldo pedagógico formal. “No había malla curricular real. Pasábamos de 8 de la mañana a 4 de la tarde en proyectos que decían ser extracurriculares, pero no estaban reconocidos”.

Hoy, Sebastián reconoce el impacto emocional: “Funcionaba como un portavoz de lo que ellos querían que diga. Generé culpa en mi mamá y en otros familiares repitiendo lo que me enseñaban”.

Denuncias y vacíos legales

El abogado Carlos Guillermo Narváez Ruiz representa a cinco personas que, según indica, han sido víctimas directas del mismo grupo en Quito. Cuatro de ellas —dice— aún tienen miedo de denunciar por posibles represalias.

“El patrón es sumisión, manipulación psicológica y, en algunos casos, violencia física”, afirma. Señala además que existen conflictos legales relacionados con custodia de hijos, denuncias cruzadas y procesos que, según su versión, habrían sido utilizados como mecanismos de presión.

Narváez advierte que en Ecuador no existe una figura penal específica que tipifique el funcionamiento de sectas.

“Lo que se puede encuadrar es la violencia psicológica, pero generalmente está pensada en contextos familiares. Aquí hablamos de terceros sin vínculo familiar directo”.

También alerta sobre el uso de estructuras que se presentan como organizaciones culturales o espacios terapéuticos sin regulación clara. Según explica, algunas operan bajo modalidades de educación no formal tipo “home school” sin reconocimiento oficial.

Señales de alerta

Tanto las víctimas como el abogado coinciden en varios indicadores que podrían advertir sobre dinámicas sectarias:

Aislamiento progresivo de la familia y amistades.
Discurso binario: “estás con nosotros o contra nosotros”.
Implantación sistemática de culpa y miedo (karma, castigos espirituales).
Control económico mediante cursos, terapias o donaciones obligadas.
Existencia de un líder incuestionable.
Premio y castigo emocional para reforzar obediencia.
Educación o terapias sin respaldo profesional verificable.

“Un terapeuta está para acompañarte, no para implantarte ideas y tenerte diez años pagando cursos”, reflexiona Blanca. “Si algo no se siente bien, hay que escuchar la intuición”.

Sebastián añade: “Cuando te empiezan a separar del resto y a crear una burbuja donde solo ellos tienen la verdad, es una señal clara”.

Un llamado a hablar

Las personas entrevistadas aseguran que romper el silencio fue parte de su proceso de sanación. “Al inicio teníamos pesadillas, mucho miedo”, dice Blanca. Sin embargo, decidieron contar su experiencia para prevenir que otras familias atraviesen situaciones similares.

El abogado Narváez insiste en que, pese a los vacíos legales, es fundamental denunciar cuando existan indicios de violencia psicológica, física o delitos contra la integridad de niños y niñas.

En un contexto donde proliferan gurús digitales, espacios de “sanación” y propuestas de crecimiento espiritual sin regulación clara, estos testimonios abren una discusión urgente: ¿cómo distinguir entre una comunidad legítima y una estructura de manipulación?

Para Blanca y Sebastián, la respuesta comienza por algo básico pero poderoso: recuperar la capacidad de cuestionar.

“Hoy sé que no era tonta”, concluye Blanca. “Estaba atrapada emocionalmente. Y de eso también se sale”.