ENRIQUE MIRET MAGDALENA TEÓLOGO| El Mundo, OPINION| 24.02.1999

TODO el mundo oye hablar de las sectas, pero tiene muy poca información real sobre lo que verdaderamente son y cómo actúan. Por eso es necesario llegar a enterarse mejor de esa oculta realidad en torno a las mismas. El Congreso de Diputados aprobó en marzo de 1989 una serie de conclusiones prácticas sobre las repercusiones de las sectas en España, tal como lo había planteado la Comisión correspondiente. El tema había calado por fin en nuestros Padres de la Patria, y por primera vez se hacía eco oficial de este grave problema entre nuestra juventud, dando pautas de actuación a las autoridades y al pueblo español. El primer problema es que no hay una adecuada definición legal de lo que sea una secta y, por tanto, de esta confusión o vacío legal se valen muchas de ellas para campar libremente sin suficiente respeto a la juventud. Otro problema es el del respeto que todos debemos tener, en un Estado donde se proclama la libertad religiosa, de no conculcar esa prerrogativa que todo ciudadano posee a difundir y practicar cualquier postura religiosa, o no religiosa, sin más cortapisas que el mantenimiento del orden público y los derechos reconocidos por nuestra Constitución, particularmente la protección de la juventud y la infancia, como rezan los artículos 16 y 20 de nuestra Ley de leyes. Intentemos aclarar qué es una secta con los datos de los sociólogos especializados en el tema, para lo cual nos ayudará el estudio de la etimología de esa palabra. Generalmente se dice que secta viene de dos locuciones latinas: «secare» (cortar) y «sequor» (seguir). Secta será, por tanto, aquel pequeño grupo, cerrado en sí mismo, que «corta» con todo el mundo que no les sigue fielmente y se separa de él porque lo considera nefando y sin posible arreglo. Y, además, es un devoto y ciego seguidor del líder carismático del grupo, que está en plena posesión de la verdad. Este pequeño grupo vive unido por fuertes vínculos emotivos; tiene una profunda conciencia de su exclusividad, y piensa que se halla en su poder la clave infalible para una nueva «edad de oro», que únicamente alcanzarán sus seguidores, puesto que generalmente sus disidentes pecarán o serán castigados por el cielo, o por el destino que es ineluctable.

DISCIPLINA.-

Además el grupo desarrolla una estrecha disciplina, tanto sicológica como, a veces, físicamente coactiva para impedir la salida fuera de ella a los que querrían separarse de sus ataduras. Y, de un modo u otro, hay un tono más o menos desarrollado de religiosidad, que ayuda mucho a envolver sus prácticas en un tono de misterio y de acatamiento a lo que es superior en el grupo, porque viene de lo alto. Como es lógico, las diferencias entre unas y otras es muy grande, porque estas características están más o menos acentuadas en cada una de ellas. Y van desde las que pueden ser relativamente inocuas, hasta las verdaderamente peligrosas. Lo que desde luego ocurre casi siempre en nuestro país, es que el núcleo del cual parten muchas de estas sectas, que es el del pensamiento oriental, suele estar profundamente desvirtuado, dando una falsa apariencia de buena mercancía del espíritu, avalada por siglos de la profunda experiencia que se tuvo en aquellas alejadas culturas. Todas estas ideas me venían al recuerdo de lo que yo he conocido de estas sectas durante años de relación con muchas de ellas, a través ahora de la lectura que hacía en estos días del excelente y documentado libro del especialista español, el periodista Pepe Rodríguez, y que titula El poder de las sectas (Ed. B.). Por este libro, que se lee con apasionamiento, circulan datos escritos y gráficos de sumo interés que hasta ahora nadie había aportado.

DESTRUCTIVAS.-

En el extranjero abundan esta clase de libros, pero aquí apenas se ha publicado nada si se exceptúa el reciente, más resumido y menos detallado, de la antigua diputada demócratacristiana Pilar Salarrullana (Ed. Temas de Hoy). Entre estas sectas están aquellas contra las que debemos ponernos en guardia para evitar sus manejos, como son las llamadas «destructivas» porque síquica y moralmente destruyen la personalidad del que es su fiel seguidor. En éstas hay por supuesto grados, pero para la generalidad de sus seguidores son nocivas. Yo, sin embargo, he conocido casos curiosos en los cuales, a pesar de sus manifiestos defectos, ha supuesto su seguimiento un aparente paso adelante, aunque fuese engañoso, para aquellas personas que anteriormente estaban muy deterioradas por la droga o por el alcohol. Lo que ha ocurrido es que un clavo saca a otro clavo, por más que sea algo discutible esa operación ya que, al fin y al cabo, sigue siendo un clavo lo que introducimos. Habría que hablar también de las que son menos manifiestas, porque utilizan procedimientos sicológicos técnicos que vienen del budismo zen, o del yoga en alguna de sus modalidades físicas, mentales o religiosas. Yo mismo soy practicante del hathayoga, con sus posturas llamadas «asanas», que proporcionan una evidente distensión; y de la meditación zen, que nos ayuda a las personas religiosas a no vivir eternamente engañadas por nuestras elucubraciones sicológicas e imaginaciones acerca de Dios, ya que se suele olvidar que es «indefinible e incomprensible», como enseñaba con toda razón el Concilio IV de Letrán en el siglo XIII. El problema surge cuando en estos grupos se mezcla lo que decía Sancho en el Quijote, «habas con capachos», y se transmite lo bueno mezclado con interpretaciones equivocadas, que desvirtúan el profundo sentido positivo que esas prácticas podían tener. Y, en ocasiones, se añaden además acciones que están en contra de lo mismo que teóricamente predican, tanto en el aspecto moral como en el sicológico. Eso lo he visto yo mismo muchas veces; y en el libro de Pepe Rodríguez se detalla todo esto con acopio de datos.

SOLUCIONES.-

A estos males se han propuesto soluciones diversas, educativas y sociales. Las primeras están en eso que se llama la «sicopolemología», tan necesarias de aprender desde jóvenes en una sociedad que invade nuestra intimidad y personalidad; y las segundas supondrían medidas como la prohibición de colectas callejeras y venta de folletos y libros en sitios públicos, el control de los donativos, y la denuncia de todo lo que atente a la libertad personal, difundiendo ampliamente, a través de los medios de comunicación social, todo lo mucho que nuestra legislación permite para defenderse el ciudadano de esta invasión.