El Periódico (España), Fidel Masreal, 28.08.2026
Durante ya casi tres décadas, mi trabajo como especialista en dinámicas sectarias me ha llevado a estudiar los resortes de las estructuras coercitivas tradicionales: aquellas comunidades aisladas, grupos herméticos con líderes magnéticos y vestimentas compartidas que exigían una ruptura drástica con el exterior. Hoy, ese panorama se ha transformado por completo. Las sectas clásicas no han desaparecido, pero las relaciones sectarias aparecen en otros escenarios.
Lo sectario ha democratizado sus herramientas y se ha vuelto estético, fragmentado y cotidiano. Ya no se esconde en recónditos lugares apartados del mundanal ruido; se cuela en nuestros bolsillos, camuflado en píldoras de vídeo de treinta segundos, reels o algoritmos diseñados a partir de nuestras carencias. Hoy, la pérdida de autonomía mental puede arrancar con un simple scroll.
Cuando hablo de los «gurús de bolsillo», me refiero a la proliferación actual de gurús digitales, microcelebridades e influencers de redes sociales a los que el público tiene acceso ininterrumpido a través de los teléfonos inteligentes. Son los nuevos telepredicadores digitales. La ubicuidad de los dispositivos móviles e internet ha transformado radicalmente la forma en que se ejerce la influencia, reduciendo drásticamente las barreras de entrada para cualquiera que desee reclamar el estatus de líder o guía espiritual, comercial o de estilo de vida.
En un momento caracterizado por el declive de la religión organizada y la emergencia de nuevas espiritualidades descentralizadas, la desilusión con las instituciones convencionales y el estrés de la vida moderna, las personas experimentan una mayor ansiedad e inseguridad en sus vidas. De este modo, se ven impelidas a buscar nuevas figuras que les ofrezcan orientación, sentido, soluciones rápidas ante problemas complejos y, sobre todo, esperanza.
La paradoja de nuestro tiempo es muy llamativa: habitamos una época con la mayor conectividad de la historia y, sin embargo, sufrimos una epidemia silenciosa de soledad, desamparo, desarraigo y fatiga existencial crónica. En la consulta clínica nos encontramos a menudo con profesionales brillantes, mentes inquietas, jóvenes universitarios o personas atravesando una crisis vital. Necesitamos certezas, un mapa que nos oriente en mitad del ruido.
Y ahí, a un solo clic de distancia, aparece el nuevo gurú digital. No se presenta como un líder autoritario ni necesariamente místico, sino como el amigo de éxito que todos desearíamos tener o ser: empático, pulcro, vulnerable al narrar su supuesta historia de superación previa, y extraordinariamente seguro de poseer las respuestas universales que a nosotros nos faltan. Rechazan la acreditación profesional formal y basan su autoridad en su propia experiencia vivida y en narrativas de transformación personal. Se presentan, en definitiva, como rebeldes ajenos a los intereses corporativos y gubernamentales, desplegando un discurso que les otorga una pátina de credibilidad y pureza ante seguidores que desconfían del sistema.
Estas nuevas narrativas sectarias inoculan un imperativo de purificación constante que tiende a generar una culpa crónica. Si te sientes cansado, si estás triste o si tus proyectos no prosperan, el discurso del gurú es circular: la responsabilidad es exclusivamente tuya por «no vibrar en la frecuencia correcta», por «no manifestar lo suficiente» o por «conservar una mentalidad de pobre». Asimismo, el gurú de bolsillo rara vez exigirá que entregues todas tus posesiones terrenales a su iglesia personal; monetizan a sus audiencias a través de cursos online, suplementos dietéticos, aceites esenciales, sesiones de coaching, retiros de bienestar, terapias o adhesiones exclusivas.
El aislamiento, indispensable para cualquier proceso sectarizante, ya no requiere muros físicos. Se produce de forma invisible en la mente de la persona cuando empieza a considerar que sus amigos de siempre, su pareja o su familia son «personas tóxicas» o «mentes limitantes» que frenan su evolución. O, en su extremo, personas con las que debe romperse todo apego. El vínculo analógico, aquel que sostiene y acepta la fragilidad del otro de forma incondicional, es reemplazado por la pertenencia a una comunidad digital unida únicamente por el dogma del rendimiento o el bienestar empaquetado. La persona se desconecta de su red de seguridad real para quedar suspendida en un vacío donde su autoestima depende, por entero, de la validación del gurú de la pantalla.
¿Cómo se sale de este laberinto digital? La respuesta, desde una mirada de la salud mental, no pasa por armarse con más discursos de autosuficiencia ni por buscar un nuevo método de control, sino precisamente por transitar el camino inverso: el retorno a la fragilidad.
El proceso terapéutico con personas afectadas por estas dinámicas no consiste en dotarlas de nuevas verdades absolutas, sino en ayudarles a tolerar la falta de respuestas, la incertidumbre, la fragilidad humana. El verdadero despertar terapéutico ocurre cuando la persona se permite, por fin, estar cansada sin sentir culpa. Cuando redescubre que la tristeza, la duda y el error no son fallos del sistema que deban ser erradicados mediante un curso en línea, sino elementos legítimos e indispensables de la experiencia humana.
Aprovechar el mes de agosto para parar un poco puede ser, por lo tanto, un acto de auténtica resistencia psicológica y de salud colectiva. El pensamiento crítico, la creatividad y la verdadera conexión con uno mismo necesitan de tres elementos que el algoritmo y los gurús de bolsillo intentan suprimir de forma constante: la lentitud, el aburrimiento y el silencio. Sanar la mente en este contexto actual implica aprender a apagar el dispositivo para volver a escuchar la propia voz, esa que no lleva filtros estéticos, no busca acumular seguidores ni pretende vendernos una fórmula infalible de felicidad, éxito, curación o iluminación.
Miguel Perlado es psicólogo clínico y forense, psicoterapeuta docente-supervisor y psicoanalista. Es autor de Captados. Todo lo que necesitas saber sobre las sectas (Ariel, 2020) y Dogma y convicción. Comprensión psicológica del abuso espiritual (Herder, 2026). www.miguelperlado.com





