El Mundo / Crónica (España), Angélica Reinosa, 29.03.2026

La asociación pública de fieles HAM fue intervenida por la Iglesia el año pasado, luego de que una investigación del Tribunal de la Rota de la Nunciatura Apostólica constatara verosimilitud sobre posibles abusos de ‘Marimí’, su líder. Ella fue apartada, pero ahora se exigen más medidas para proteger a las que quedan. En una de las casas donde conviven, «están convencidas de que la Iglesia está dominada por el demonio».

Abre la puerta sonriente, viste una camisa blanca, chaleco, falda larga y zapatos negros. Sólo un collar con un crucifijo adorna su vestimenta. Parece una monja, pero no lo es. Con la voz bañada en miel, esta joven saluda con un melodioso «hola». Entonces, la periodista se presenta. La sonrisa de la chica se evapora y pide permiso: «¿Me deja avisar a la superiora?». La dejamos. En su lugar vuelve Clara, de más edad que la primera, igual de risueña y con el mismo outfit que imita a una monja. Ella rechaza hablar con la prensa, pero explica sus motivos.

«Sobre nosotras se han publicado muchas mentiras», expresa. «Se han dicho unas cosas que, ¡vamos!, sólo nos falta el asesinato como acusación. Pero cuando uno es lo que es, da igual lo que digan de él. Nosotras tenemos fe y sabemos que esta vida es de paso y que la verdad saldrá… ¿Cuántas veces la Iglesia ha condenado a alguien que era inocente?». Por más que se le da la oportunidad de contar «la verdad» sobre su comunidad, llamada Hijas del Amor Misericordioso (HAM), Clara se despide y regresa con sus «hermanas», a su casa en Los Molinos (Madrid), que, para ella y la veintena de mujeres con las que convive, es un convento.

«Clara es la segunda a bordo, la sustituta de Marimí, a quien le siguen guardando una tremenda obediencia», asegura la madre de una de las chicas HAM que viven en esa casa. Según dictaminó la Iglesia Católica en julio de 2025, no son Clara ni Marimí —María Milagrosa Pérez Caballero— quienes deberían atender al cargo de «superiora». El verano pasado, tras una investigación realizada por el Tribunal de la Rota de la Nunciatura Apostólica —ordenada por el Arzobispado de Madrid, del que dependen las HAM—, se decidió limitar las actividades del grupo.

La medida más contundente de la Archidiócesis de Madrid fue apartar a Marimí por protagonizar presuntos abusos —sexuales, de conciencia, de poder y de libertad—, denunciados por víctimas, familiares y ex miembros. En su lugar, se designó a Pilar Arroyo Carrasco, religiosa de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, como comisaria de las HAM. Pilar es la encargada de «revisar y reconducir aspectos fundamentales» de la vida comunitaria. Pero no es ella quien abre la puerta de la casa de Los Molinos. No vive allí.

Ahora, un grupo de afectados por las HAM y su rama masculina —los Hermanos del Amor Misericordioso— considera que las medidas tomadas por la Iglesia resultan «insuficientes», puesto que «la hermana Pilar sólo las visita una vez al mes y el resto del tiempo Marimí gobierna en la sombra, a través de su núcleo cercano», según señala una ex miembro de las HAM. Además, critican que a los Hermanos del Amor Misericordioso «no se les ha impuesto ninguna limitación» y que «continúan con su actividad pastoral». Dichas preocupaciones las han remitido por carta al mismísimo Papa León XIV en febrero.

Esta historia empezó con el Padre Antonio Mansilla, quien en 1983 fundó las Hijas del Amor Misericordioso, «una comunidad de vida consagrada, contemplativa y apostólica». En 2007 fue reconocida como «asociación pública de fieles» y, en junio de 2024, el cardenal José Cobo, actual arzobispo de Madrid, reivindicó su naturaleza jurídica. No obstante, no estaban ni están reconocidas como congregación religiosa.

«Las asociaciones no deberían adoptar estructuras de vida religiosa —hábito, profesión religiosa de votos, estricta vida común, formas de gobierno, formación— y vivir de facto como si fuesen religiosas ni exigir un derecho a convertirse o ser reconocidos como instituto religioso. Este es un discernimiento que hace no el fundador o directora general, sino la autoridad diocesana (obispo)», recuerda Teodoro Bahillo Ruiz, profesor de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia Comillas.

Con el fallecimiento del Padre Mansilla en 2004, Marimí tomó las riendas, respaldada por su «núcleo duro», otras «hermanas» de su generación conocidas como «las once», Clara una de ellas. Hasta la intervención a la asociación, las HAM colaboraban en la formación catequética y pastoral en diversas iglesias madrileñas. Eran muy activas en oraciones de grupo y en retiros espirituales de Emaús y Effetá.

«Casi todas las que entramos ahí vamos con unas heridas. Se lo cuentas todo a Marimí y ya tiene acceso a tu vida para manipularte» Ex miembro de las HAM.

«Casi todas las que entramos ahí vamos con unas heridas. Se lo cuentas todo a Marimí y ya tiene acceso a tu vida para manipularte», describe una ex miembro. «Esta mujer [Marimí] capta un mismo perfil: niñas buenas, guapas y con luz», dice la madre de una joven que formó parte del grupo por años. «Ella simplemente tuvo una pena de amor que la rompió y buscó consuelo en Dios», continúa. «Hizo un retiro de Effetá y, al volver, me dijo que tenía vocación». Los padres refieren que la «vocación» de sus hijos comenzó en un retiro espiritual, así como en la película Los domingos.

«Derivas sectarias»

El teólogo Luis Santamaría, experto en sectas al que han acudido varios de los afectados, no considera a las HAM tajantemente como una secta. «Para que sea así tenemos que hablar de un grupo independiente, de un grupo que goce de autonomía. Y en el caso de cualquier realidad asociativa dentro de la Iglesia Católica, no tiene autonomía porque pertenece a una entidad mayor». No obstante, matiza que «sí hay derivas sectarias» al «utilizar la fe y el discernimiento vocacional como instrumentos para el sometimiento». Además, está presente «un carácter de mimetismo, de hacerse pasar por algo bueno, benéfico, pero con un trasfondo de generar dependencia y someter a las personas».

Santamaría enumera las características de las chicas y chicos que se embelesan por las HAM: «Su carácter espiritual, su deseo de vivir la fe cristiana de una forma auténtica, su deseo de entregarse a Dios, de compartir su generosidad para hacer un mundo mejor a través de la fe», además de «estar en un momento de especial vulnerabilidad».

El psicólogo Miguel Perlado, experto en sectarismo que ha atendido a familiares y ex miembros de la asociación, completa ese perfil de «víctima»: «Jóvenes que tienen un nivel importante de inteligencia, de estudios, incluso de formación religiosa… Pensamos que todo eso inmuniza ante una dinámica sectaria, pero se olvida que son dinámicas que se cuecen a fuego muy lento». Además, describe que se da en «contextos altamente emocionales» en el que «se entra por el corazón, no por la razón». Perlado desarrolla que las HAM puede considerarse como una secta, primero, por sus «estrategias de captación mediante seducción y el bombardeo del amor: un excesivo reconocimiento, abrazos y una acogida deslumbrante que les derrite».

Emociones y Conferencia Episcopal Española

De hecho, la Conferencia Episcopal Española (CEE) mostró, a principios de marzo, su preocupación por la banalización de la fe y del sentimiento espiritual en la nota doctrinal Cor ad cor loquitur (El corazón habla al corazón), en la que se aborda «el papel de las emociones en el acto de la fe». En este documento, la CEE admite «un renacer de la fe cristina en la sociedad» y «el surgimiento de diversivas iniciativas».

En el mismo texto se advierte de que «en la vida espiritual existe el peligro de suscitar algunos comportamientos mediante un bombardeo emocional, lo cual podría considerarse una forma de abuso espiritual» que da paso a «la utilización de falsas experiencias sobrenaturales o místicas (falso misticismo), que desvirtúan una auténtica visión de Dios» para «ejercer dominio sobre las conciencias anulando la autonomía de las personas o para cometer otro tipo de abusos, lo que debe ser considerado de especial gravedad moral». Este panorama, según denuncian los familiares, es el abuso que se ha instaurado gracias a Marimí.

Perlado describe a su vez como rasgos sectarios el «aislamiento», el «culto cada vez más desmedido hacia Marimí» y que «la obediencia se acaba transformando en sumisión y la humildad es reemplazada por la humillación». Así, «se instaura un clima de grupo de una dependencia absoluta, donde desobedecer cualquier indicación de Marimí equivale directamente a rechazar a Dios».

Una vez que pasan a formar parte de la comunidad, las familias y presuntas víctimas critican conductas reprochables, como «romper con su identidad» adquiriendo un nuevo nombre. Señalan que Marimí era la única que mantenía la abreviatura de su nombre original. A otra madre le sorprendió que su hija no supiera cómo era su aspecto en el presente, ya que «en el convento están prohibidos los espejos». Sobre esto, el profesor de Derecho Canónico señala: «El derecho no lo impone. Si existe en algún grupo puede ser como medio ascético para evitar la vanidad, pero no tiene ningún sentido. Desde luego, en la mayoría de casas y conventos de religiosas y religiosos que yo conozco existen espejos». Sería otra de las curiosas medidas dictaminadas por la líder.

Un ex miembro de la rama masculina asegura que la ex «superiora general» era quien también lideraba entre ellos. Asegura que lo presionaron para que aceptara su «vocación» y que lo apartaron de sus seres queridos. «Me decían que tenía que morir a mi familia, morir a lo natural para vivir lo sobrenatural». Asimismo, se criticaba a otros grupos religiosos por «no tener el mismo nivel de gracia que las HAM» o ser «unos modernistas que han perdido la fe».

El ex hermano relata que eran frecuentes las «penitencias». «Te daban instrumentos para hacerte daño y se te exigía por obediencia». Manifiesta que él usó cilicios penitenciales: «Son unos alambres afilados que te atas a la cintura o la pierna». «Me decían: ‘Tiene que doler porque a Dios le agrada que busques el sacrificio activamente'». También usaban, siempre atendiendo a su versión, flagelos de cuerdas. Aparte, les instaban a pedir castigos como «actos de humildad»: «Por ejemplo, si rompías un vaso, tenías que pedir una penitencia». Tanto él como otros afectados aseguran que dentro de la cruz que les colgaba del cuello llevaban una reliquia que consistía en «un pelo de Marimí y un hilo de la camisa del Padre Mansilla».

Sobre las penitencias, el profesor Bahillo Ruiz hace hincapié en que, aun si las HAM fueran una congregación religiosa, la Iglesia no manda estas prácticas. «Sólo el ayuno y la abstinencia, pero no cilicios, penitencias corporales o castigos físicos. Ni siquiera las recomienda porque son fáciles de malinterpretar y ser dañinas y no son necesarias para la santidad. Se prefiere hablar de penitencia interior: aceptación de dificultades, limosna, ayuda a los demás. Por tanto, las prácticas en este sentido deben ser condenadas».

«Te daban instrumentos para hacerte daño y se te exigía por obediencia… Me decían: ‘Tiene que doler porque a Dios le agrada que busques el sacrificio activamente'» Ex miembro de los Hermanos del Amor Misericordioso.

Lo más duro para el ex miembro de HAM llegó cuando Marimí, denuncia, abusó de él. Fue una situación que empezó con «mucho cariño y afecto» por parte de ella. Una relación que poco a poco se fue incrementando y que incomodaba, cada vez más, a la presunta víctima. Traslada que ella le contó que algo similar le pasó con el Padre Mansilla y que era «normal» que él se convirtiera en su «esposo espiritual».

Cuando él insistía en su malestar, en que se sentía culpable y que consideraba que lo que hacían no era propio de Dios, ella le respondía: «Dios me ha dicho que es su voluntad, que esto no es pecado, que nos da esa gracia para sanarte de tus miedos y tus escrúpulos». Él manifiesta que aún arrastra secuelas por todo lo vivido entre miembros de HAM. «Para mí lo peor es ese dolor inmenso de saber que hay gente que sigue sufriendo en secreto», comparte emocionado.

Por tanto, una veintena de personas denunciaron en la carta al Papa su preocupación por que los Hermanos del Amor Misericordioso «siguen realizando actividades de apostolado de la comunidad HAM en parroquias de la diócesis dirigidas por sacerdotes HAM» y denuncian la «inacción» por parte del Obispado de Getafe. De hecho, la primera denuncia de abuso contra Marimí y las HAM llegó a esta institución de Getafe en 2024, pero el caso fue derivado al Arzobispado de Madrid por ser el responsable de las HAM. Consultados por este suplemento, desde el obispado argumentan que los hermanos «son sacerdotes diocesanos» y que «cumplen los requisitos indicados por el Derecho Canónico y las disposiciones contenidas en otros documentos sobre la formación de los candidatos a las Sagradas Órdenes».

El mismo obispado destaca que cuando estalló el caso y «aparecieron cuestiones referentes a la comunidad de sacerdotes y seminaristas que residía entonces en Cubas de la Sagra… se estableció un diálogo con todos los sacerdotes, diáconos y seminaristas con el fin de conocer más profundamente hasta qué punto les implicaban y corregir aquello que fuese necesario». Señalan que han informado a la Santa Sede de todo y que están «esperando respuesta».

Además, comparten que, «con el propósito de esperar al desarrollo de la investigación previa, el obispo de Getafe les comunicó que quedaba suspendida temporalmente la entrada de nuevos seminaristas y que no podían solicitar las Sagradas Órdenes». Contrario a lo expuesto por los familiares, desde Getafe subrayan que no han recibido nuevas denuncias más allá de la derivada antaño al Arzobispado de Madrid. Para finalizar, aseguran que desde el obispado «se sigue con mucha atención la marcha de los acontecimientos y existe una constante comunicación con el Arzobispado de Madrid».

Los firmantes de la carta al Papa alertan, a su vez, sobre un grupo de laicos fieles a Marimí, laicos que, «sostenidos por la autoridad de los ‘hermanos’ sacerdotes», siguen actuando y propagando las ideas HAM. Otro punto de fuerte preocupación para los familiares de las hermanas y hermanos HAM es el hecho de que consideren a Marimí «una mártir». «Están convencidas de que es la Iglesia la que está dominada por el demonio, que sufren la misma persecución de Jesús», lamentan. Asimismo, arrojan que «hay chicas que quieren salir y no les dejan, les dicen que están engañadas por el demonio». Algo que consideran podría cambiar con la presencia constante de algún miembro del comisionado.

«Están convencidas de que es la Iglesia la que está dominada por el demonio, que sufren la misma persecución de Jesús» Afirman víctimas y familiares.

Por su parte, desde la Archidiócesis de Madrid remarcan que «se está realizando un proceso de acompañamiento de la asociación, a través de un comisariado, para acomodar su forma de vida a la formación y vivencia establecida por la Iglesia». Respecto a las críticas de «inefectividad» de ese comisariado, desde la misma institución justifican que, «al estar en procesos de reflexión y puesta en marcha, todavía no es posible evaluar la efectividad de ningún cambio».

Más respuestas por parte de la Iglesia

Sin embargo, la desesperación de los familiares pica y se extiende. Varios de los afectados esperan más rapidez y soluciones por parte de la Iglesia. Dicen que han pedido «una audiencia con el obispo José Cobo en repetidas ocasiones» y que les dan «largas» para ser atendidos. «La crisis de fe me la dio la institución cuando fui a llamar a la puerta a pedirles ayuda… Soy católica y por eso me duele. Yo no me metí en un club de ganchillo o de avistamiento de ovnis. Yo me metí en una asociación pública de fieles aprobada por la Iglesia. El arzobispo y el Papa tienen que asumir esto, es su responsabilidad, son la Iglesia, son responsables», señala una ex miembro que sufre secuelas de su paso por HAM y que ha tenido que recibir apoyo psicológico y psiquiátrico estando fuera de la comunidad.

«Necesitamos un comisariado 24/7 con ayudas espirituales y psicológicas, tanto las que están dentro como las que están fuera», exige una madre que aún tiene a su hija como falsa monja HAM. «La salida física es un primer paso, pero no es el único, porque el atrapamiento aquí es mental», coincide el psicólogo Perlado, y finaliza: «Hay esperanza, pero hay que trabajar sin perder la confianza en que es posible recuperarse. La fuerza del amor y la constancia es algo que va a ayudar a las familias. Pero sobre todo puede ayudar mucho que la Iglesia Católica se pronuncie y actúe».