Huelva Información (España), José M García, 12.11.2021

En Huelva encontramos una de éstas sectas destructivas, la peligrosa Secta de Mazagón. Todo ello tenía como principal protagonista a Ana Camacho y esta historia comienza con un curso de control mental que recomienda la psicóloga Ángeles Sánchez Sarachaga a nuestra protagonista en 1978.

Ana comenzó aquel curso en el Hotel Inglaterra de Sevilla e hizo gran amistad con la profesora de aquellos cursos, la uruguaya Marta Lépore. Se centraron en las capacidades mentales orientadas hacia lo esotérico y con el tiempo comenzaron a organizar reuniones semanales orbitando en torno a lo espiritual. Algunos de aquellos asistentes pasarían a la triste historia de este caso: Fernando Asanza, Emilia Gallego, María Soledad Loma, María Rosa Lima o José Manuel Sánchez fueron los primeros adoctrinados por la líder de este grupo sectario.

Pronto abandonaron sus hogares, sus relaciones, sus amistades y se amancebaron juntos a Ana Camacho quienes les volvieron a sorprender cuando les comunicó su capacidad para contactar con el mundo de los espíritus, aquellas personas eran fruta madura de su adoctrinamiento y no iban a cuestionar la afirmación de su líder.

Aquella comunicación iba a transformar sus vidas, aquellos espíritus ordenaban incluso castigos físicos y Ana Camacho entraba en diferentes estados en los que predominaba el odio, la ira y todo aquello que podía ocasionar daños a sus semejantes. Los castigos llegaron a ser tales que aquellos adeptos eran azotados, heridos, quemados, cortados.

En siguiente estadio en esta locura de la secta de Mazagón llegó cuando la iluminada comienza a administrar psicotrópicos (centramina) a los adeptos que conseguía gracias a Fernando Asanza. Éste declaró sobre las maldades de Ana Camacho que: “Solía pegarnos con unas fusta e incluso una vez me dio cuarenta latigazos. En otra ocasión diciendo estar poseída por el espíritu de Juan, uno muy cruel, me cogió con unas tenazas el prepucio hasta hacerlo sangrar. En otra ocasión apagó un cigarrillo en mi lengua o con una pinza me cogió la lengua hasta dejarla colgando y con graves heridas”.

Otra de las adeptas, María Rosa Lina, escapó del infierno de Mazagón, visiblemente disminuida y con las secuelas en su cuerpo de la estancia en la secta. Fue capturada junto a la estación de tren cuando esperaba al que la llevaría a Huelva y así regresaba al hogar junto a Ana Camacho.

En los días sucesivos sería torturada mientras estaba atada a la cama, se le administraba mepivacaína –un anestésico tóxico- y proseguían las torturas y las palizas hasta que entró en un coma del que jamás salió, falleciendo en el Hospital Virgen de la Macarena de Sevilla.

Tras esto todos los miembros de El Espíritu del Gran Águila fueron detenidos y juzgados: Ana Camacho Carrasco fue condenada a 26 años de prisión por homicidio, falsedad en documento oficial, detención ilegal, favorecer del consumo de sustancias psicotrópicas y dos delitos de lesiones; María Camacho Carrasco fue condenada a un año de prisión; José Manuel Sánchez Palancar a siete años de prisión; María Asunción Muñoz Álvarez a dos años de prisión; Concepción González a dos años; Emilio Gallego Vargas a dos años; y Fernando Asanza Fernaud a 310.000 pesetas por encubrimiento de un delito de homicidio, falsedad de documento oficial y favorecer del consumo de sustancias psicotrópicas.

El perfil de la secta de Mazagón se ajustaba al de una secta destructiva, es decir, un grupo de personas que seguía un determinado movimiento ideológico o religioso en la cual se practicaba el control mental, bajo una apariencia inofensiva, siendo muy peligrosa y destructiva hacia sus miembros entrando en acciones violenta con tintes, suicidas, homicidas y hasta genocidas.

Entre sus adeptos personas que tenían problemas sociales y de relación con otras personas, problemas emocionales, frágiles de carácter, pasivos, con necesidad de protección, nivel cultural medio o bajo y provenientes de familias rotas… Todo un caldo de cultivo.