Milenio (México), Laura Sánchez, 3.05.2026

Ignacio González de Arriba aún era joven; llevaba el cabello castaño medio largo y la barba de candado, como de Jesucristo. Aun así, Luna había notado que tenía los dientes cafés con un sarro expansivo. Un día se atrevió a preguntarle por qué los tenía tan podridos. “Bueno hija, qué esperas, llevo dos mil años con ellos… antes sí que siguen en su lugar”, respondió con una sonrisa el **Maestro Fénix**.

Luna, que aún dudaba de sus palabras mesiánicas, le preguntó cómo era posible que hubiera vivido tanto tiempo. Él le contestó que nunca moría, sino que cambiaba de cuerpos físicos para que la gente no sospechara; cada cien años fingía su muerte y su alma se apropiaba del cuerpo de otro. Ante la confusión de la mujer, Ignacio la paró en seco: “Es que soy descendiente directo de Cristo”. Con eso zanjaba todo.

Ignacio había nacido en Gijón, España. A principios de los dos mil montó Fénix Corp SL, una empresa dedicada a la “venta de productos intangibles por internet”. Publicó el *Manual Samurai*, un libro mediocre que, según él, había superado los cuarenta millones de copias y evitado diez mil suicidios. Tras ser perseguido por el Ministerio de Hacienda español debido a sus deudas, huyó a México en 2005.

Lo que lo diferenciaba de otros charlatanes era su mitomanía: relataba que en 2005 tuvo una muerte clínica, llegó al cielo y Dios le reveló que debía promover la riqueza económica y la poligamia. Dejó los talleres de superación personal y empezó a venderse como el Nuevo Jesucristo, un ser con gustos perversos que obligaba a sus discípulos a tener múltiples parejas sexuales para supuestamente «cargar su magia» y regenerar sus órganos.

La secta, conocida como Los Defensores de Cristo, surgió en el norte del país luego de que el esposo de Luna, Pedro, fuera reclutado por internet. Pedro compró un curso de “Técnico en Bioprogramación” por 1,300 dólares, una mezcla de programación neurolingüística y autoayuda. Convencidos por las supuestas técnicas, Luna y Pedro replicaron el negocio con cursos presenciales en Torreón, llegando a tener grupos de hasta 400 personas y facturando grandes sumas de dinero.

En 2009, el proyecto dio un giro radical hacia lo religioso. Ignacio llegó a vivir a casa de Luna y comenzó a enseñar temas de «demonología avanzada», «curación de cáncer» y «superfuerza». El costo para ser apóstol era altísimo: entre 10 mil y 100 mil dólares de entrada, más un diezmo vitalicio del 20%. Muchos seguidores hipotecaron sus casas o vendieron sus negocios para financiar al maestro.

El infierno de la sumisión

La vida dentro de la casa se convirtió en una pesadilla de falta de higiene y abusos. Ignacio pasaba semanas sin bañarse, rodeado de carteles religiosos y colchones en el piso donde dormían sus aprendices. Bajo la «Orden de Buen Siervo», obligó a Pedro a frecuentar prostíbulos para «comer magia», forzando a Luna a aceptar la situación bajo amenazas de daño a su familia.

Cuando Luna se resistió, Ignacio ordenó a su propio esposo que la insultara y la golpeara. Eventualmente, fue desterrada de su propia casa, reemplazada por una «nueva esposa» y destinada a vivir en condiciones deplorables. El abuso sistemático le provocó un estrés postraumático complejo, reescribiendo su estructura cerebral tras años de manipulación y violencia.

El fin de la secta

La ruptura definitiva ocurrió gracias a Juan, otra víctima de las estafas de Ignacio, quien ayudó a Luna a escapar tras presenciar una brutal agresión física. En enero de 2013, agentes del Instituto Nacional de Migración detuvieron a Ignacio González de Arriba en una finca en la carretera de Nuevo Laredo.

Junto a él cayeron 24 personas. El español, Pedro y un ciudadano marroquí fueron consignados ante un juez federal por cargos graves: inducción a la prostitución, tráfico de mujeres y de órganos, ejercicio ilegal de la medicina, reducción a la servidumbre y fraude. Luna declaró ante el Ministerio Público y, aunque las heridas psicológicas permanecen, logró rehacer su vida lejos de México.