El Mundo (España), Sara Polo, 3.11.2025
«Pesaba 38 kilos, el cuerpo ya no me admitía más alimento. Sólo bebía. Bebía día y noche. Tenía delirios, escuchaba gritos en una casa en la que sólo estaba yo. Me temblaban tanto las manos que no era capaz ni de llevarme el vaso a la boca sin derramarlo. Seguramente, si hubiera pasado un mes más así ahora estaría muerta. Así que cuando llegué allí, me pareció la vida».
Laia, pongamos que se llama Laia, está muy, muy nerviosa. Se retuerce las manos y lanza su melenón rubio ahora para un lado, ahora para el otro. Finalmente, opta por recogerlo en un moño deshecho. «¿Te importa si fumo?». Le ha costado semanas llegar hasta esta entrevista pero viene decidida a contarlo todo. «Dejé de beber, claro. Estuve 10 meses encerrada, ¿cómo no iba a dejarlo? Pero esa terapia te vuelve loca, te deja completamente perdida. Yo tenía una familia maravillosa a la que volver y he podido recuperarme, pero el que no tiene nada, y la mayoría no tiene nada, vuelve a la bebida en cuanto sale por la puerta. No compensa en ningún caso».
Fue una amiga quien le habló de unos centros que Alcohólicos Anónimos (AA) ponía a disposición de las personas que, como ella, habían llegado al límite de lo humanamente aguantable. Donde te daban de comer, una cama donde dormir y un tratamiento 24 horas de eficacia demostrada. Todo gratis, además. A un conocido de su amiga le había funcionado, ¿por qué no iba a irle bien a ella?
Solo que AA no tiene nada que ver con ese sitio ni aprueba sus métodos. Y la gratuidad no era tan evidente una vez dentro.
La Policía Nacional investiga como secta destructiva al Movimiento Internacional 24 Horas de Alcohólicos Anónimos, una organización nacida en México con 319 grupos en todo el mundo, que llegó a España en 1982 y mantiene activos 13 grupos, focalizados en el norte y este peninsular y también en Madrid. Alcohólicos Anónimos, por su parte, ha iniciado acciones legales por la utilización sin permiso de su nombre, su logo y su lema, «recuperación, unidad, servicio», en nuestro país.
Laia empezó a olerse que aquello no era lo que parecía cuando nada más llegar le requisaron sus pertenencias: el dinero, el teléfono móvil, las tarjetas de crédito, la documentación, la ropa, las planchas del pelo, el maquillaje, las cremas, los esmaltes de uñas. También la bolsa de medicación pautada contra la ansiedad y la depresión que tomaba a diario desde hacía años.
Pero estaba tan mal, que supuso que era lo que tocaba.
Cuando le pusieron un colchón en el suelo, en medio de una sala llena de sillas, y le dijeron que esa sería su cama hasta nueva orden, se asustó.
Pero estaba tan mal, que supuso que era lo que tocaba.
Cuando le dijeron que no podía tomar su ansiolítico de la mañana ni su antidepresivo de la tarde, que no habría más pastillas, montó en cólera.
Pero estaba tan mal, que supuso que era lo que tocaba.
Cuando quiso llamar a su madre y a sus hijas y le informaron de que no podría hablar con ellas hasta que se hubiera recuperado, se le vino el mundo encima.
Pero estaba tan mal, que supuso que era lo que tocaba.
Cuando les pidió algo de ropa limpia de su maleta para cambiarse y se la negaron, no entendió nada.
Pero estaba tan mal, que supuso que era lo que tocaba.
Laia pasó los primeros 15 días en aquel cuchitril sin tocar el agua nada más que para beber, y de forma controlada. No le permitieron ducharse ni lavarse los dientes ni el pelo. El contacto con el líquido elemento en pleno mono podía generar una reacción adversa, le dijeron. Tampoco pudo salir de la sala de juntas, en la que se celebraban terapias grupales, una tras otra las 24 horas del día. Allí pasaba las horas, allí comía lo que le traían, intuye que del banco de alimentos, y allí dormía, en el colchón de marras.
Pero estaba tan mal, que supuso que era lo que tocaba.
No lo sabía entonces, pero aquello era sólo la punta del iceberg. El calvario iría cada vez a peor. Hasta que consiguió escapar.
La suya es sólo una de muchas historias, quizá una de las más terroríficas de puro cruel, a lo largo de los años y de los kilómetros. EL MUNDO se ha puesto en contacto con cinco afectados por los métodos del Movimiento Internacional 24 Horas de Alcohólicos Anónimos y ha accedido al testimonio de tres más. Algunos denunciaron, otros quisieron olvidar. Sólo dos se han decidido a contar en estas páginas lo que les sucedió. Eso sí, nada de caras ni de nombres ni de lugares. El miedo es la tónica común.
Por su parte, el líder del grupo fundacional del Movimiento Internacional 24 Horas en España, radicado en Orense, el padrino Javier, desmiente a este periódico que se trate de una secta. «Por supuesto que lo negamos», confirma en conversación telefónica. «Gracias a los Grupos de Alcohólicos Anónimos 24 Horas, más de 1.000 personas están sin beber en España. Algunas no tienen familia, otras se han reintegrado completamente en la sociedad. Ya sabes cómo son las redes sociales, yo puedo gritar y decir lo que quiera…».
Con un documento que recoge los Doce Pasos de AA en la mano, dice con voz muy ronca: «Mira, lo pone aquí en el tercer párrafo: no intervenimos en controversias», lo repetirá varias veces a lo largo de la conversación. «Nosotros nos dedicamos a trabajar. Nuestra puerta está abierta para quien quiera pedir ayuda. A algunos les ha funcionado. A otros, no. Hay gente que se va resentida porque piensa que merece otro tipo de trato. Posiblemente, así sea», alega, y lanza una comparación a modo de resumen: «Cuando hay dos amigos que se divorcian y uno habla y el otro, no, el bueno siempre es el que habla». «Pediría que fueras cuidadosa con el artículo porque hay gente que está sufriendo y se le puede impedir recibir ayuda por este tipo de declaraciones», sugiere.
Reconoce Javier que, a raíz de unas declaraciones publicadas en la prensa gallega, la Policía visitó efectivamente sus instalaciones. «No encontraron nada, les pareció que estaba todo correcto». «Es muy fácil hablar, imagino que tendrán pruebas…», lanza. Las tienen. EL MUNDO ha podido acceder a mensajes, grupos de WhatsApp, fotos de algunos de los locales y audios amenazantes a algunos de los denunciantes. «El tiempo lo pone todo en su lugar», concluye Javier, y repite: «Nosotros no entramos en controversias».
«Efectivamente, es una secta». No deja lugar a dudas Luis Santamaría, ex sacerdote, teólogo y miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES). «En cuanto he conocido la realidad de estos grupos lo he visto clarísimo». Y se remite a la definición de Vicente Jara, miembro del Servicio de Atención y Estudio del Sectarismo (SAES) del Centro Ecuménico de Madrid y fundador de la RIES: un grupo social depredador que practica el mimetismo y el señuelo. «Lo veo clarísimo», confirma Santamaría. «Van a la caza de personas (ahí entra la depredación) haciéndose pasar por una institución casi centenaria y de gran prestigio social (ahí, el mimetismo) ofreciendo una solución al alcoholismo a personas desesperadas (este es el señuelo). Es, sin duda, una secta destructiva».
En sus más de 20 años de andadura como investigador de fenómenos sectarios, a Luis Santamaría le había llamado la atención la recurrencia de consultas sobre Alcohólicos Anónimos. «Me resultaba extraño porque es una organización que dota de mucha autonomía al sujeto, que busca que la persona alcohólica consiga la libertad. Al conocer todo este submundo sospecho que las dudas podían venir vinculadas a esta deformación patológica de la organización original». Una vez empapado del modus operandi del Movimiento 24 Horas, reconoce en él «una violencia psicológica de un nivel extremo» como ha visto, dice, en pocos casos más.
«Si bien en las sectas las técnicas de persuasión coercitiva se dan de una forma muy sutil, imperceptible para el sujeto, en este caso la persona que llega al grupo no es capaz de comprender lo que sucede por el estado de destrozo cognitivo, emocional, social y vital en el que se encuentra debido al alcohol, pero a ojos de cualquier persona que observe desde fuera es absolutamente evidente. Enganchan a una persona hundida y la hunden aún más para presentarse como salvadores, llevan al extremo la desesperación».
Como observadores externos, volvamos a Laia. Ya dijimos que lo peor estaba por llegar.
Pero antes, adentrémonos en el pasado de esta madre de familia de cuarenta y tantos para comprender cómo terminó vejada y maltratada en un cuchitril a casi 100 kilómetros de su casa. Porque su objetivo con este reportaje es denunciar, sí, pero también avisar: «Soy una persona perfectamente normal con una vida privilegiada, de princesa. Esto le puede pasar a cualquiera».
«Yo he tenido de todo, pero de todo. Supongo que esta enfermedad está influida por un factor genético porque mi padre es alcohólico. Pero yo, la verdad, no tenía ningún motivo real para engancharme a la bebida», dice, y lanza el pelo hacia un lado. «Yo bebía cuando estaba bien, para celebrar, y cuando tenía un mal día, para encontrarme mejor, pero nunca pensé que tuviera un problema», empieza su relato, y enciende un cigarro.
«Siempre he sido una persona muy nerviosa. Empecé a tomar medicación contra la ansiedad muy joven y cada vez tenía más crisis y cada vez me medicaban más. Y en un momento dado, mi familia empezó a darse cuenta de que mi consumo de alcohol era preocupante». Ella, por supuesto, negaba la mayor. Si lo controlaba perfectamente, si podía no beber, si no sentía una necesidad física.
Hasta que la sintió.
Y fue tal que no vio otra salida que ingresarse.
«Lo peor llegó el último año, cuando me divorcié y mi marido se fue con mis hijas. Le cedí la custodia porque yo veía que no era capaz de cuidar a nadie», reconoce, y lo mira a él, su ex, sentado a su lado por si se atasca o no se ve capaz de seguir hablando. Empezó entonces la ronda de médicos y psiquiatras, los mejores, los más caros, y la medicación iba en aumento pero las borracheras eran cada vez peores. «Cuando me quedé sola en casa todo se derrumbó. Me levantaba por la mañana muy temprano para bajar al supermercado a comprar botellas, me metía en casa hasta que me las terminaba y caía rendida y, al día siguiente, repetía la operación. Ahí ya no comía, no pisaba la calle, no me relacionaba con nadie. Tuve varios ingresos hospitalarios porque mi situación era absolutamente desesperada».
Así que lo que encontró en el Grupo 24 Horas en el que ingresó le pareció, simplemente, lo que tocaba.
Hasta que dejó de parecérselo.
La terapia que promulga esta organización pasa por la rendición absoluta del enfermo a la voluntad de su padrino o madrina. Nada puede hacerse sin su permiso, ni siquiera ir al baño, comer, hacerse una coleta o, mucho menos, mantener relaciones sexuales. Con otra persona o con uno mismo. Organizados en grupos liderados por un guía, dividen a sus pacientes en anexados y militantes. Los primeros son los que duermen allí mismo, como Laia. También tienen su propio vocabulario. El anexado debe dirigirse siempre a su padrino con la fórmula: «Te echo humildad para…»; y si el padrino consiente, contestará: «Sólo por hoy».
La desobediencia, rebautizada como deshonestidad, se pagará con una ayuda: durante días, incluso durante semanas, el deshonesto se sentará en primera fila en las juntas (las reuniones en las que los alcohólicos se apoyan los unos a los otros) para ir recibiendo los insultos de sus compañeros, que suben uno a uno a la tribuna y marcan al rebelde. Bajo la fórmula «me comprometo contigo», utilizan todo lo confesado en la intimidad del grupo para destrozarlo psicológicamente en aras de su supuesta redención.
Dos meses y dos días estuvo ayudada Laia tras su primer intento de fuga, que ella misma abortó después de que su madre, asustadísima por las advertencias de su madrina, le instara a regresar al Grupo. Dada la gravedad de su estado, era la única manera de salvarse, creía ella. Había salido del local sin nada: ni teléfono, ni dinero, ni documentación. Nada. Pidió permiso a una mujer por la calle para llamar al único número de móvil que recordaba. Sólo estuvo unas horas fuera, pero su falta la llevó a vivir el peor infierno de su vida. Peor, incluso, que el que ya le había hecho padecer el alcohol.
Las primeras tres jornadas las pasó sentada en aquella silla. Día y noche. Sin derecho a una manta ni a tumbarse en ningún otro lado. Después de rogar que, al menos, le dejaran un colchón, el cuarto día volvió a la casilla de salida y su vida fue de nuevo aquel camastro tirado en mitad de la sala por la que seguían pasando, las 24 horas del día, personas que la vejaban, que le decían que sus hijas estaban mejor sin ella, que era un despojo social. «Tú no eres alcohólica, lo que eres es una hija de puta. Vas a terminar chupando pollas en un albergue. Si vas a la cárcel vas a ser el consolador de todos», dice que le espetaban. Le dijeron que su familia había renunciado a ella y ella aguantó todo aquello por miedo a que fuera verdad.
Durante el primer mes, además, se le prohibió lavarse y asearse por aquello de la reacción adversa que le podía provocar el contacto con el agua. «Las uñas de los pies me crecieron tanto que me rompían las zapatillas, ni siquiera sabía que era posible tenerlas tan largas», recuerda. «Tuve una infección de orina dolorosísima porque les parecía que iba demasiado al baño para intentar fugarme de nuevo. Me encontraba fatal, pero me decían que eran las ganas de beber. Que me aguantara. Así que retenía tanto el pis que llegué a mojar la ropa interior».
«Es que con las mujeres se ceban especialmente», reconoce Juanjo, pongamos que se llama Juanjo, que pasó cuatro años en uno de estos grupos como militante. No pernoctaba allí, pero sí tenía dos guardias semanales de seis horas: a las 12 de la noche llegaba al local y sólo salía de allí a las seis de la mañana para ir directamente a trabajar. «No había excusa posible», rememora. «El grupo es siempre lo primero y determina el resto de tu vida».
Durante sus cuatro años de militancia desempeñó distintos cargos y llegó a tener cierta responsabilidad. Cuando se desvinculó de todo aquello hizo un recuento de daños, también económicos: había donado al Grupo alrededor de 40.000 euros. «Buscan tu vulnerabilidad, que te sientas en deuda con el grupo en todo momento. Si entras en ese juego, lo das todo. Hace falta dinero para pagar la luz, el agua, el alquiler, los anexados tienen que comer, y yo he llegado a donar 2.000 euros de una tacada», asegura. «Tú piensa que vienes de una vida de mierda y llegas a un sitio donde no te piden nada, te dan cariño, te dan comida, te ponen contento. Así que todo lo que tienes, se lo das. Y si no lo tienes, lo pides. He llegado a ver a una chica fundirse una herencia en ellos».
A lo largo de su andadura, Juanjo tuvo acceso a las cuentas de su Grupo. También a su estrategia de captación, de la pegada de carteles en centros de salud, hospitales y centros sociales, a las charlas en escuelas para «sembrar la semilla», cuenta. «Es una terapia de psicología barata disfrazada de frases rimbombantes, de infligir miedo, de nutrirse de las desgracias ajenas. Es muy difícil darte cuenta de que te están esclavizando porque la puerta está abierta, pero consiguen que ir al grupo sea tu píldora diaria, te crean una gran dependencia y de vez en cuando, te lo quitan para engancharte más. Yo llegué a creer en ello, por eso formé parte, pero no buscan tu recuperación, buscan el dominio personal y la pasta. Es una secta al 100% y es muy jodida mentalmente».
Esa confusión es la que dificulta el trabajo policial cuando existe la sospecha de que un grupo pueda estar actuando como una secta. «La manera más fehaciente de abrir una investigación es la denuncia, y en estos casos muchas veces no la hay por miedo, por vergüenza o, simplemente, porque el afectado no se reconoce como víctima», apuntan fuentes policiales a este periódico. Y advierten: los fenómenos sectarios son cada vez más recurrentes.
El empujón definitivo para que arrancara el trabajo policial lo dio el periodista Luis Labarga. En medio de una crisis alcohólica acudió, confundido por el nombre, al Grupo 24 Horas de Vallecas, en Madrid. Lo que vio allí no se parecía en absoluto a lo que esperaba. Así que se puso a investigar y publicó los resultados de sus pesquisas en un libro, La noche oscura de Alcohólicos Anónimos, en el que desmontaba las empresas, centros de rehabilitación y organizaciones que se apropian de AA para «hacer negocio».
La publicación tuvo tres consecuencias principales: los afectados por los Grupos 24 Horas empezaron a hablar entre ellos, la Policía arrancó una investigación y AA tomó cartas en el asunto. Incluso con una carta a los ayuntamientos a la que ha tenido acceso EL MUNDO y en la que advierten del «uso indebido» de su nombre y marca por parte de otra entidad de la que se desvinculan. «Emprendimos acciones legales tras la advertencia de Gregorio Gil, jefe del Gabinete Médico de La Moncloa», confirma Adolfo Vázquez, secretario general de AA en España. «Se están lucrando y están destrozando mentalmente a las personas, que no lo hagan en nuestro nombre».
«Es puro fariseísmo», lamenta Labarga. «Muchos saben lo que pasa en los anexos pero miran para otro lado porque les conviene. La Administración, para hacerse la foto con ‘la ONG de los alcohólicos’; la Policía, para que los muchachos no anden montando jaleo en la calle. AA se esconde en sus 12 Tradiciones para ‘no entrar en controversias’, pero está poniendo su doctrina por encima de la persona».
Dos semanas después de que terminara su largo castigo, Laia decidió poner punto y final. Esta vez no llamó a su madre, sino que consiguió que una desconocida le pagara un billete de autobús a su pueblo y se plantó directamente en la puerta de la casa familiar, dispuesta a que la escucharan sin intermediarios. Atrás quedaron 43 compañeros. Algunos, como ella, vivían en el local. Lo primero que hizo cuando recuperó su móvil fue buscar información en Google. Quería saber si más gente, como ella, pensaba que aquello era una secta. Y dio con Labarga.
«Los servicios públicos de Psiquiatría están colapsados, las clínicas de adicciones privadas son muy caras y a AA no le interesa el alcohólico terminal», asegura el periodista. «Por eso a esta organización le ha resultado tan fácil rentabilizar los escombros del sistema».


