MIGUEL A. BARROSOÍGOR REYES-ORTIZ El País, 16/08/1994

«El hombre-hombre no mama sexo de hembra. Si lo hace está mamando indirectamente pinga y se tira por la ventana. El hombre-hombre, por supuesto, no se deja mamar el sexo porque, si esa boca ya mamó, es pinga con pinga y se tira por el balcón. Tampoco se deja tocar las nalgas, ni siquiera por su mujer. El hombre-hombre no difama, respeta a la mamá, no echa palante a un compañero, no le falla a un ekobio. El hombre-hombre vive de su trabajo, siempre trabajo de hombres, no es artista porque el negro fino es maricón».El hombre-hombre, autor de esta declaración de principios, luce unos pectorales modelo armario de dos cuerpos, cadenas suspendidas del gaznate que provocarían hematomas en cualquiera de inferior virilidad, dos incisivos de oro, anillos y pulseras en cantidad suficiente para despertar la envidia de un bisutero mayorista, y pañuelo rojo en constante viaje del bolsillo trasero a los churretones de sudor del cuello y sienes. Completa sus atributos externos un repertorio de gestos a medio camino entre los de un camorrista napolitano y los de un matón de Harlem.

El hombre-hombre es un abakuá, un ñáñigo, un miembro de una secta secreta cubana cuyos mandamientos son una ensalada de creencias y rituales africanos, lazos de fraternidad insoslayables y estrictas reglas de un machismo hipertrofiado.

Tras 35 años de materialismo dialéctico, el número de potencias, naciones o juegos (nombres con que se conocen sus células) sobrepasa el centenar sólo en La Habana y la cifra de adeptos, superior a 15.000, crece en esa ciudad, en Matanzas y en Cárdenas con la lucha por la supervivencia que se ha desatado en la isla.

«Para ser hombre no hay que ser abakuá; pero para ser abakuá hay que ser hombre», afirma una máxima ñáñiga. No basta con ser hombre. Hay que carecer de remilgos gastronómicos porque el rito de iniciación constituye una prueba de resistencia física, moral y estomacal. Al rayar la medianoche de algunos sábados se celebra el plante en el que veinte o treinta indísemes o neófitos participan con los ñáñigos en una procesión iluminada por antorchas bajo la vigilancia distante de la policía revolucionaria. Los descamisados pasean es tandartes, tambores y cristos, precedidos por los iremes, diablillos danzantes, encarnación de espíritus traviesos y francamente malignos que ya en 1930 conmovieron a García Lorca.

Las potencias son racialmenté homogéneas y predominan las tonalidades oscuras que oscilan entre el tono canela del mulato ochavón y el negro-negro, también denominado negro-teléfono. Existen algunas naciones. blancas y en Matanzas actúa una integrada por chinos y reputada por la perfidia de sus diablitos.

Las puertas de las naciones negras no están selladas por completo para los blancos.

-A condición de renegar de tu propia raza -dice Héctor, un Iyamba, jerifalte de una prestigiosa potencia habanera.

-¿Y cómo se reniega?

-Es muy fácil, chico. Basta con arrancar de un mordisco la cabeza de un gallo, beber su sangre y decir la frase.

-¿La frase?

-«Estoy dispuesto a beber la sangre de un blanco como bebo la de este gallo».

– La parte secreta de la ceremonia transcurre en la zona oculta del templo, el cuarto fambá. El brujo comienza por limpiarlo de malos espíritus con el auxilio de sangre de chivo o de gallo decapitados, que vienen a ser como el Mister Propper del animismo. Los oficiantes se asean frotándose un gallo por todo el cuerpo.

-Pero hay que meterle la cabeza debajo del ala para que no vea los espíritus malignos del fambá. Si no, se vuelve loco.

-¿Y se bebe la sangre?

-Sí, pero no sola. Se le agrega más sangre, del chivo degollado, jugo de caña, ron y pólvora.

Una vez fortalecido por el cóctel, el novicio escuchará por fin la voz del ekué que condensa el misterio abakuá. A través de los ronquidos del tambor sagrado se manifiesta Abasí, el Dios supremo. Para producir este mugido que el converso escucha despavorido con los ojos vendados, apoyan una caña en el centro del cuero, deslizan los dedos empapados en sangre de gallo por la caña, el parche vibra y un zumbido sobrenatural invade el fambá. Abasí habla, con voz de zambomba.

El origen de la secta abakuá se remonta a las sociedades Leopardo, constituidas por nobles y cabecillas africanos que colaboraban con los traficantes de esclavos. Ya en la colonia, los mandatarios blancos fomentaron la creación de cabildos de nación, cofradías católicas de esclavos que atizaban las rivalidades tribales. En 1836 se constituyó la primera potencia, una especie de sociedad de apoyo mutuo integrada por estibadores de origen carabalí que trabajaban en los muelles de Regla.

Los abakuás mantuvieron sus mitos africanos. Uno de ellos, acaso el central, es el de Sikán: Abasí, máxima deidad carabalí, regía los destinos de los hombres y se expresaba a través de un pez. Su voz, Tanzé, se manifestaba cuando el brujo, Nasakó, lo interpelaba. Una mañana, la princesa Sikán fue a buscar agua al río e involuntariamente capturó al pez en su jícara. Nasakó, tras buscar desesperadamente al pez, descubrió su muerte y acabó por imitar su voz con un tambor fabricado con la piel de Sikán.

El mito es oscuro; pero la enseñanza es clara: las mujeres son culpables; deben expiar la falta de Sikán y, en consecuencia, tienen vetado el acceso a la sociedad secreta. Sólo caben hombres que todavía hoy se ciñen a tres reglas básicas: ser hombre-hombre, ser buen hijo y comportarse como un buen amigo de sus ekobios. Los preceptos son tan laxos en las materias recogidas en los códigos civil, mercantil o penal («un ekobio puede matar a mil, siempre será acogido por los suyos como un hermano») como estrictos en lo referente a los secretos y la hombría. En estos asuntos no caben ambigüedades:

-Quién revela el secreto está perdido, afirma Héctor.

-¿Cuales la pena?

-Lo ñampian, lo ripian. Se te cuelan en casa y no queda nadie.

El abakuá jura no dejarse dar ni por hombre ni por mujer. Y debe velar por proteger su bien más preciado, el punto débil de su masculinidad: el trasero. Por supuesto, al hacer el amor sobra casi todo el Kamasutra, siempre debe estar encima, pues lo contrario podría interpretarse como ambigüedad o, peor, como sumisión. Buen hijo, el ñañigo debe ser respetuoso con la madre, «la pura, las demás son pinga y cepillo». A la esposa debe respetarla, lo que no excluye alguna que otra paliza ni comporta algo parecido a la fidelidad.

Un asere, un hermano, debe proteger a sus ekobios por encima de todo. Este precepto fue aprovechado históricamente por los maleantes para infiltrarse en sus filas consiguiendo cómplices y encubridores y acarreó a los abakuás la mala fama de delincuentes que aún perdura.

La traición a un ekobio acarrea con seguridad la muerte. Los jefes de la potencia reciben afables al transgresor y le invitan a tomar ron, pero de botella diferente de la suya. El veneno de la pendejera surte efecto a las pocas horas y no deja rastro. Peor es el polvo de sapo, porque quien lo prueba se hincha hasta reventar. Los castigos pueden revestir también un carácter mágico y se ejercen a través de la vela que el transgresor utilizó en el rito de iniciación. El brujo atraviesa con alfileres la vela para causar dolores, lesiones, ceguera o la muerte, según el lugar, el número y la profundidad de las incisiones.

-¿Y qué sucede si la magia no hace efecto?

Estamos participando en un festejo abakuá, un toque de tambor. Se improvisan guaguancós y todos trasiegan chispa de tren, un ron pirata sumamente parecido a un combinado de keroseno de aviación con líquido de frenos. Replica León, el brujo:

-Ahí no acaba el castigo. Luego se le abre un nyoro, un funeral, se le llora en vida. Escriben tu nombre en un papel y lo amarran a una vela. Cuando arde, ya no existes, caminas por caminar.

«Esta religión», reflexiona un jerarca ñáñigo, «no trae ventajas, pero te pasa la cuenta». Claro que, como afirma un dicho abakuá, «Guanaloriponsa empomá aserendé: Quien no mira hacía adelante, atrás se queda».