JOSÉ RODRÍGUEZ El País, 05/09/1988

En los últimos meses, con respecto a la problemática de las sectas, la opinión pública ha naufragado en un mar de desinformaciones, sensacionalismos, apriorismos e intoxicaciones de juzgado de guardia. Si yo fuera sectario, propiciaría este río revuelto para afianzar mis ganancias de pescador. De hecho, las sectas que ven peligrar sus lucrativos montajes ya se han unido en una. estrategia común frente a esa nueva Inquisición que, inventada por sectarios y asociados como método autodefensivo, parece querer aparcar sus hogueras en plena Constitución. Hacerse la víctima y defender las libertades ajenas es una rentable y manida táctica de la que, no por casualidad, han abusado todos aquellos que ni son lo primero ni respetan lo segundo.El debate crítico serio sobre el sectarismo jamás ha pretendido entrar en el campo ideológico o doctrinal. Primero, porque defiende la totalidad del marco constitucional (cosa que de modo ostentoso no practican las sectas ahora agitadas). Y, segundo, porque lo que hace criticables y punibles a algunos grupos sectarios no son sus idearios sino sus diferentes métodos delictivos para imponerlos y para lucrarse.

Constatando que el término secta es confuso (aunque inevitable), algunos especialistas en todo el mundo hace ya años que adoptamos el término secta destructiva para referirnos a estos grupos de alto riesgo. Simplificando una definición propia, hoy bastante consensuada, una secta destructiva será todo aquel grupo que, en su dinámica, dañe con severidad el marco psicosocial del adepto y conculque derechos jurídicos inalienables. Para nada se incluye el siempre respetable contenido ideológico.

Derechos humanos

La crítica a las sectas destructivas no es más que otro frente abierto en favor de los derechos humanos. No se trata de una cruzada para liberar a los jóvenes de tal o cual secta sino, al contrario, de una denuncia para posibilitar que toda persona pueda vivir con las creencias elegidas dentro de un marco de dignidad humana que las sectas destructivas impiden en buena medida. Esas sectas saben perfectamente que sin sus procesos despersonalizantes no cabría la explotación económica de sus adeptos, reclutados entre necesitados de una seguridad vital que no lograron encontrar en la sociedad abierta.

La constitución de una comisión parlamentaria para estudiar la cuestión ha crispado aún más unos ánimos ya de por sí embravecidos. Y es que se han coleccionado disparates.

Primero, se perseveró en el gravísimo error de pedir una investigación sobre las sectas religiosas cuando, como grupo religioso, nadie merece ser objeto de ninguna investigación especial. Este desafortunado matiz ha posibilitado que las sectas destructivas se hayan atrincherado en el campo de las libertades para así alejar las miradas del campo del derecho común, que es en donde sí son vulnerables. A las sectas, destructivas o no, no hay que perseguirlas ni ilegalizarlas, hay que controlarlas en la misma medida que a cualquier otro colectivo y, por supuesto, actuar sólo en función de los delitos que se les prueben.

Después, una dinámica informativa lamentable ha presentado ante la opinión pública a una comisión parlamentaria investigadora, inquisitorial y justiciera, creando expectativas falsas en los afectados e indignaciones evitables en los implicados.

Comisión de estudio

La realidad es que esta comisión, que cuenta con excelentes políticos, no es de investigación sino de estudio; y su labor, tremendamente necesaria en la actual situación, se limitará, con toda probabilidad, a reflexionar sobre la constatación del fenómeno sectario y del marco jurídico actual que, sin duda, ya es suficiente (si se aplicara) para evitar buena parte de la dinámica delictiva sectaria.

Como, lógicamente, no va a condenar a nadie, las sectas que han remitido información a la comisión (y que falsamente dicen haber comparecido en ella, cosa que parece que no harán ni sectarios ni antisectarios) tendrán un fenomenal argumento para afirmar que han salido absueltos de la investigación parlamentaria.

El fenómeno de las sectas, con todo, tiene campos de análisis mucho más importantes socialmente que la pura anécdota que trasciende a la Prensa. Las sectas destructivas, al haberse apoderado de un espacio vital importante, ponen en evidencia una serie de disfunciones sociales de primerísima magnitud. Estudiar lo bueno y lo malo de los microcosmos sectarios destructivos -cosa que, dentro de un marco más amplio, estamos haciendo desde principios de 1987 en la investigación sobre sectas del grupo de trabajo sobre el menor y su marginación de la Comisión Interministerial para la Juventud- apartará el debate del estéril maniqueísmo actual para penetrar en la compleja realidad de la crisis psicosocial.

El sectarismo social es un problema y las sectas destructivas que delinquen es otro. Dejemos a la pluralidad de creencias en paz, que nada tienen que ver con la crítica a los procesos que, en todo caso, encubren a su pesar. Las creencias no delinquen, los hombres que las explotan lo hacen con demasiada frecuencia. Y cante el gallo para todos.