Libertad Digital (España), Yésica Sánchez, 13.12.2022
Desde que a Sandra Bermejo se le perdiera la pista el pasado 8 de noviembre, se ha publicado de todo. El hecho de que la psicóloga madrileña -de 32 años- estuviera abierta a «explorar distintas terapias alternativas para ayudar a personas a las que no le han funcionado las terapias convencionales» ha derivado en rocambolescas teorías sobre su desaparición que su familia cree que pueden entorpecer más que favorecer a la investigación. «Se trata de encontrarla», aseveran en declaraciones a LD.
«Sandra es una persona tranquila, muy espiritual, a la que le gusta mucho la naturaleza» y «siempre ha buscado terapias relacionadas con ello», explican. «No era ningún secreto, ella hablaba abiertamente de su exploración», añaden. Tanto es así que «sus padres —los primeros— estaban al tanto de lo que hacía, de sus retiros y de que había probado la ayahuasca». «Es un tema privado que no tenía por qué haber salido, pero ya que lo hace que sea con la verdad».
Con fines terapéuticos
La familia insiste en que la joven «quiso experimentar con la ayahuasca para saber lo que es». Se dice que esta bebida alucinógena, elaborada con plantas y utilizada por chamanes del Amazonas desde tiempos ancestrales, «te ayuda a conocer el interior, a enfrentarte a tus traumas y saber enfocarlos de manera que puedas superarlos». Así que ella «la probó para ver cómo funcionaba, con un fin forense y terapéutico».
Para más inri, lo hizo con un centro de referencia en Madrid. En los retiros que organizan, los participantes «están acompañados por un psicólogo y un médico, además del chamán». Es decir, «era algo profesional», que habrá «gente a la que no le guste» pero que está «muy alejado de lo que pueda ser una secta». «No quedó con cuatro colgados», añaden. Pero es que -además- «hace mucho que no tenía vinculación con el centro tampoco, desde septiembre de 2021».
Descartó la ayahuasca
Por el motivo que sea, «no le convenció» la experiencia. Seguramente porque «sabía que también tenía sus riesgos» y «decidió explorar otras vías». Se fue a vivir a Gijón «en busca de estar más en contacto con la naturaleza», a ella «le daba mucha paz». Sandra es una «una persona normal a la que le gusta todo lo que le transmita eso: el yoga, el mindfulness…».
Según nos explican, la joven estaba en un proceso permanente de autoconocimiento y con la vista puesta en ofrecer el mejor servicio a sus pacientes. En la actualidad, estaba «totalmente desvinculada» de las prácticas con ayahuasca, que había descartado después de probarlas.
Su familia podía no saberlo, pero en ese caso Sandra sí había hecho partícipe a su entorno de esa evolución y de por dónde quería dirigir su camino. Las relaciones familiares eran buenas y fluidas, particularmente con sus padres. Les tenía al tanto de todos sus pasos y compartió con ellos el momento en que decidió alejarse del mencionado centro y sus retiros.
No es su perfil
Por todo esto, a sus familiares les ha sentado «muy mal» que se haya dado a entender que la psicóloga madrileña frecuentaba grupos raros, que tomaba ayahuasca con gente con la que podría haber contactado a través de sus redes sociales o que pudiera haber sido captada por una secta coincidiendo con que esa noche habría luna de sangre (eclipse lunar).
Si algo destacan de Sandra quienes la conocen bien es que es una joven inteligente, seria, calmada, ordenada y muy organizada. Prueba de ello es cómo estaba su casa y su agenda cuando desapareció. «Pensaba mucho en los demás», subrayan. «Le gustaban las artes y el teatro, todo lo que le enriqueciera». Nada que ver con la imagen que se ha estado dando en los últimos días.