infobae (Argentina), Yaacov Lipszyc, 7.07.2022

En uno de los grandes episodios de la mejor sitcom de la historia, “Seinfeld”, Jerry va al confesionario de una iglesia a quejarse porque su dentista se convirtió al judaísmo sólo para poder hacer chistes de judíos. “¿Eso te molesta como judío?”, pregunta el cura. “¡No!”, responde Jerry, “¡Me molesta como comediante!”. Esta escena se me vino a la mente al escribir este texto.

A muchos de nosotros nos gusta decirle al resto qué es lo que deberían hacer con su vida, pero muy pocos tenemos la suerte de que nos escuchen (y ni que hablar de que nos paguen por ello). Un grupo de personas indudablemente talentosas logró transformar esto en una profesión lucrativa y se autodenominaron “entrenadores de la vida”. Pero como es más cool utilizar un nombre en inglés, se instaló el término “coaches”.

A pesar de esta introducción, lo primero que debo aclarar es que no tengo nada personal contra los “coaches”. Es más, suelo tener una postura bastante pragmática: si al consumidor le sirve, ¿quién es uno como para no estar de acuerdo? El tema, que desde mi perspectiva es bastante grave, es cuando algunos “coaches”, en pos de buscar vender un diferencial, empiezan a mezclar títulos, palabras y términos que no tienen nada que ver con lo que están haciendo. Hinduismo, fuerzas esotéricas, manifestarse, budismo, zen y otras yerbas. Y todo esto basado, aparentemente, en la máxima que nos han enseñado Les Luthiers para instalar un pensamiento exótico: “Total, la gente ¿Qué sabe?”.

El “coaching” podría verse como una versión retocada y aggiornada de la Auto-ayuda. El mensaje que subyace prácticamente todos los seminarios y textos al respecto es que, en definitiva, nosotros solemos ser nuestros peores enemigos. Lo que nos frena de ser grandiosos, exitosos, reconocidos es nuestro propio miedo o falta de iniciativa. Y eso puede cambiarse.

Hasta aquí, ¡genial! Estoy bastante de acuerdo con esta premisa. Y si al público le sirve como para animarse a tomar riesgos, a crecer, a lanzarse por sus deseos, ¿qué mejor que existan estas personas, que alientan al resto a que lo hagan? Y si tienen que cobrar por ello, pues que así sea. No es menor servicio que el que ofrece un especialista en orientación vocacional. Lo que me molesta no es que hagan dinero con sus charlas, conferencias o libros. El gran problema que he visto en algunos de los “coaches” es que venden la idea de una espiritualidad sin trabajo. Y esto es ridículo y dañino a la vez.

Quien busque una conexión con lo espiritual debe partir de la base que nos estamos refiriendo a algo “real”. Quien crea en lo espiritual no estará hablando de algo esotérico o fantasmagórico, sino de una existencia casi palpable (el “casi” es literal) de algo más allá del cuerpo. Y, así como cualquier cambio físico implica esfuerzo, dedicación y tiempo, lo mismo ocurre con el aspecto espiritual. Ofrecer una vida espiritual sin que ella implique un trabajo real y paulatino es como formar parte de un infomercial que asegure que uno puede colocarse un cinturón electromagnético y en sólo tres semanas logrará los abdominales de Cristiano Ronaldo mientras come una pizza viendo una película.

Pero además de ridículo es dañino. Porque alimenta la idea, lamentablemente muy de moda, de que uno puede alcanzar resultados sin esforzarse. De que todo lo bueno debe ser fantástico e inmediato, y si no es inmediato (por más que sea fantástico), no vale la pena. Y que cuanto menos esfuerzo, mejor. Entonces se desestima el valor del trabajo, de la constancia y de la dedicación.

La motivación y el convencimiento de que uno puede lograr objetivos son conceptos muy positivos. Muchos de nosotros precisamos que nos recuerden que tenemos en nuestro interior la fuerza necesaria para lograr resultados impensados. La autoestima tiene que ser alimentada constantemente y, si hay métodos que logran todos estos objetivos, bienvenidos sean.

De lo que tenemos que estar atentos es a no alimentar la cultura de la pereza y la inmediatez, de los espejitos de colores y de la falta de dedicación a lo que nos parece correcto. Lo entendemos prácticamente en todos los aspectos de la vida: sabemos que, además de una cuota fundamental de suerte o ayuda Divina (según la óptica), para ser un buen guitarrista hay que ensayar de manera incesante; el mejor cirujano será aquel que haya dedicado horas y horas al estudio y a la práctica; y el basquetbolista más preciso será el que más horas le dedica a entrenar. Sin embargo, cuando hablamos de nuestro propio desarrollo personal, de nuestro crecimiento espiritual, de lo más básico de nuestro ser, intentamos encontrar atajos o descuentos.

Ya sé que suena trillado, pero no por eso deja de ser cierto: nada se disfruta más, nada es más real, y nada es más duradero que el logro para el cual hemos invertido sangre, sudor y lágrimas.