La Crónica de Guadalajara (España), Augusto González, 27.08.2018

En 2017, alguien firmaba en la Comisaría de Policía del distrito madrileño de Arganzuela una denuncia que ha terminado por relacionar a la ciudad de Sigüenza con una secta de sorprendente cariz sexual. ¿Cómo ha podido ocurrir?

Tras la sorpresa inicial, de la que ya daba cuenta LA CRÓNICA días pasados, hoy podemos hacer un relato minucioso de lo que se sabe, sometido todo a la presunción de inocencia para los denunciados y a la espera de lo que la titular del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Sigüenza vaya dictaminando antes del previsible juicio y, sobre todo, si se llega a una sentencia.

Fue, en efecto, a finales de 2017 cuando un hombre y una mujer denunciaron al ya más que conocido Carlos Herranz y a su compañera en estos trances, Cristina L.H.

El Juzgado de Instrucción nº 24 de Madrid, al que le correspondió el caso, no tardó nada en inhibirse a favor del de Sigüenza, que es donde a estas alturas aún se están ultimando las diligencias previas.

Si todo este moroso procedimiento desemboca en un juicio, se verán las caras no sólo las dos partes, sino también los guardias civiles que han investigado las andanzas seguntinas de la pareja y de sus seguidores, así como algunos testimonios de peritos para dar testimonio de la presumible capacidad de convicción del entonces llamado «Lama Losel» para abusar, en distintos modos, de sus prosélitos. En primer lugar, en lo económico, salvo que se llegue a acreditar como estrictamente voluntario el pago de una décima parte de los ingresos y bienes para pertener a la asociación, así como una cuota mensual de 35 euros.

Más allá del rigor con que cada uno aportase su diezmo, los investigadores descubrieron que la citada cuota se ingresaba en la cuenta del líder bajo el concepto de «Ayuda Niños».

Todavía más próximo a la ecomomía sumergida que a la docencia meramente espiritual es que por los cursos se haya venido cobrando entre 50 y 250 euros, sin factura por los importes y sin expedición de certificados, si es que alguno los pidió.

Problemas de salud

Además de ver aligeradas sus carteras, los denunciantes lamentan ahora que el «maestro» les sometiera a dietas extremas, que llevaban aparejadas un evidente decaimiento físico.

Ese maltrato no sería exclusivo hacia los discípulos, si se acreditase que el denunciado llevaba a sus propios hijos a las ceremonias, donde también los habría maltratado «tanto física como psicológicamente».

Los homosexuales y los musulmanes estaban también muy presentes no en sus oraciones, sino entre sus particulares demonios, de acuerdo con el testimonio de los que quieren sentarle en el banquillo, para que responda de delitos de lesiones, creación de asociación ilícita y estafa. Estos dos últimos presuntos delitos son atribuidos también a su compañera.

A la luz de lo reconstruido por la Policía Judicial, se comprueba que los agentes dan por hecho que Carlos Herranz se ha venido atribuyendo desde hace años «sabidurías en relación a todas las religiones existentes». Tan ambiciosa convicción no sería delictiva si no derivase, como puede haber ocurrido, en que el maestro «manipulase mentalmente a los miembros del grupo para que luego realizasen todas las acciones y movimientos a su antojo».

Además de música tibetana y palabrería, algo pudo influir en conseguir esos resultados el producto que, supuestamente, los dos responsables de la secta aplicaban en la boca de los discípulos o, según uno de los denunciantes, también el líquido añadido de forma subrepticia en alguna bebida que le habría llevado, en ese caso, a no poder controlarse poco después, gritando sin parar «y viendo ángeles».

Sexo y fe

En efecto, los detalles que ha podido ir conociendo este diario animan a pensar que, para conseguir la fe ciega de los discípulos, además de la persuasión de una voz o de unos gestos, algo más ha tenido que haber para llegar a convencer a esos miembros del grupo de hechos tan delirantes como que «los extraterrestres le han implantado unos microchips». Unos implantes que, obviamente, sólo el Lama puede extraer. Y cuando lo hacía, siempre según las versiones aportadas, «además de su fuerza utilizaba objetos punzantes con los que causó lesiones a los denunciantes», que también refirieron como «en otras ocasiones el maestro hacía uso de una pala erótica» para sacar del cuerpo de los incautos esos implantes de los  alienígenas.

Es precisamente la variante sexual del caso la que más asombro ha causado, también ente los lectores de LA CRÓNICA. Los responsables de redactar el atestado que la juez ha añadido a este expediente dan por cierto que «el maestro se vale de su supuesto cargo para hacer creer a los miembros del grupo, sobre todo femeninos, que si se acuestan con él (sic) conseguirán la libertad espiritual más rápidamente, a lo que las chicas bajo previa manipulación mental acceden en un primer momento voluntariamente, arrepintiéndose de lo sucedido, posteriormente».

Ya que las reuniones eran todas grabadas con conocimiento del «maestro», las coacciones, insultos y expresiones soeces salpicarán hasta el final todo este caso, incluida la ya famosa alusión a los «lefazos místicos».