Una víctima de abuso espiritual alerta de las actividades sectarias en la Iglesia

Por |2022-03-06T19:08:02+01:004 marzo, 2022|Fenómeno sectario|

EFE (España), Rebeca Palacios, 4.03.2022

Francisco Prochaska, víctima de abuso espiritual dentro de un grupo católico liderado por el sacerdote chileno Fernando Karadima, ha alertado a Efe de que las actividades propias de las sectas pueden darse incluso dentro de la Iglesia, camufladas en acciones con «buenas intenciones».

Prochaska interviene por videoconferencia desde Chile en el VII Encuentro Nacional sobre Sectas, organizado en Logroño por la Asociación Iberoamericana para la Investigación del Abuso Psicológico (AIIAP), con el apoyo de EducaSectas y los Colegios Oficiales de Psicólogos de Cataluña y La Rioja.

Durante 30 años, este empresario de 59 años formó parte de una organización religiosa con la «apariencia» de algo «estable, tradicional y serio» al estar respaldada por la Iglesia Católica, en la que el sacerdote Fernando Karadima ejerció como un «líder sectario», ha asegurado.

Con 17 años, ha agregado en una conversación telefónica con Efe, ingresó en este grupo, que partió «con muy buenas intenciones» en la parroquia El Bosque, situada en un barrio acomodado de Santiago de Chile, pero que después experimentó una «deriva sectaria» por el «liderazgo tóxico» de Karadima.

Esta organización funcionó con características «propias de las sectas», como «el secretismo, la obediencia y el sentirse superior al resto de los fieles católicos», ha relatado.

Estas circunstancias «atraparon a muchas personas de buena intención», ha añadido, ya que este grupo tenía muchas diferencias con «la clásica secta» en la que se produce un abuso sexual y que, en su propio caso, él ha definido como «un abuso espiritual».

Cuando era joven, este sacerdote le tenía asignado para encargarse de todas sus cuestiones personales, como el aseo de su habitación, aparte de trabajar en cuestiones logísticas de la parroquia.

«¿Cómo pude ser tan tonto?», se ha preguntado, «quizás por la ceguera y admiración que sentía como discípulo ante el que consideraba mi maestro, lo que me hizo perder la identidad».

Cuando ingresó en el grupo de El Bosque, Prochaska era un joven «inquieto», interesado en temas espirituales y con valores tradicionales inculcados por una familia católica, hijo único de inmigrantes austrohúngaros, que huyeron a Chile en 1948.

«No fui un joven que había vivido adversidades ni tenía carencias. Fui educado en una familia buena, encontré el lugar perfecto para experimentar mis ideales y finalmente reemplacé la figura de Dios por la de este sacerdote», ha relatado.

Durante tres décadas, sufrió dentro de la parroquia una «captura espiritual», de la que no fue consciente porque se le intervino su «conciencia», hasta que, en 2003, el sociólogo Andrés Murillo, el periodista Juan Carlos Cruz y el médico James Hamilton denunciaron al sacerdote Karadima por abusos sexuales cuando eran menores.

Para Prochaska fue un momento trascendental, ya que él no había visto nada sobre estos hechos ni sufrió abusos sexuales, pero la denuncia provocó todo un escándalo mediático en Chile, al conocerse que el cura había abusado de niños y adolescentes durante años, tras lo cual se denunciaron casos de otros religiosos.

En 2011, la justicia canónica condenó a Karadima por estos hechos, pero la justicia penal chilena no le pudo condenar por la vía penal por haber prescrito esos delitos. A raíz de este caso, en 2018 se eliminó en Chile la prescripción de los abusos sexuales cometidos contra menores.

Karadima pasó de ser conocido como «el cura de la elite» a ser expulsado de la Iglesia y morir en 2021, con más de 90 años, en un hogar de personas enfermas mentales de escasos recursos, ha explicado.

Diez años después de su salida de este grupo, en 2010, Prochaska decidió contar públicamente su caso y participar en acciones divulgativas como forma de «sanar».

Durante su pertenencia al grupo religioso de Karadima, este empresario vivió «una privación y aislamiento social», que le impidió desarrollar una carrera profesional, aunque finalmente experimentó «chispas de libertad» y pudo casarse y tener una hija.

Ha indicado que esa «supuesta libertad» le venía muy bien al sacerdote para demostrar que nadie estaba allí «obligado».

En su proceso de recuperación ha destacado como algo fundamental la terapia psicológica, que le ha permitido enfrentarse a la realidad «con honestidad» y poder vivir «con normalidad».

Ante la proliferación de casos de abusos sexuales cometidos dentro de la Iglesia católica, ha explicado que existe «una inercia», porque es una institución muy jerárquica y, hace años, cuando se producía un caso se solucionaba «cambiando al sacerdote de lugar» y eso es algo que «llevan en su ADN».

«Han dado pasos, yo valoro mucho que el Papa Francisco me recibiera junto a otros compañeros para pedirnos perdón, pero queda mucho por hacer», ha concluido.

Ir a Arriba